Puedo ver. Soy el único que puede ver. Y tengo que hacer algo para que se detenga.
Lo sé desde hace años. Hubo un accidente. Mucha gente murió en ese choque frontal de trenes, pero yo sobreviví. Sobreviví para ver la verdad. Sobreviví para cambiar este mundo degenerado. Sobreviví para ser el héroe de la humanidad.
Al principio no podía creer lo que veía. Desde niño me habían enseñado que eso no podía ser cierto, que era imaginaciones, cuentos de hadas. Después de todos, los monstruos no existían. No en este mundo. No en la realidad.
Pero ahí estaban. Lo sabía. A pesar de que la gente parecía perfectamente normal, yo sabía que no era así. Con ver a una persona sabía si tenía un monstruo en su interior o no. No los podía ver, pero era como si un sexto sentido hubiera despertado dentro de mí. Un súper poder, algo que ya estaba dentro de mí, pero que desde al accidente había despertado.
A pesar de ser monstruos no les prestaba demasiada atención. Tenía miedo de reconocer su existencia, así que los ignoraba. Además eran pocos y no parecían hacer nada. Sólo estaban dentro de la gente, como parásitos.
Pero eso fue cambiando con el tiempo. Cada día aparecían más personas poseídas. Y cambiaban de actitud. No lo hacían frente a mí. Ellos sabían de mí poder, así que actuaban normales en mi presencia, pero no podían engañarme. Sabía que controlaban las acciones de esas personas.
Fue entonces cuando me di cuenta de que pasaba. Los monstruos querían conquistar el mundo. Se reproducían rápidamente, en la oscuridad de la noche, para viajar sin ser vistos y poder poseer a más gente. Y así, poco a poco controlaban todos.
Pero el destino me había dado las armas que necesitaba. El choque del tren me había dado el poder necesario para combatirlos. Yo podía identificarlos. Yo podía saber donde se escondían y atacarlos. Yo era el elegido. Yo soy el elegido.
Así no perdí el tiempo y empecé a experimentar. Como sabía que nadie me creería tuve que hacerlo de incógnito, moviéndome en las mismas sombras que ellos, aunque siempre con una pequeña linterna en la cadera para evitar que me poseyeran. Empecé por los que supuse que eran los miembros menos importantes de su sociedad, aquellos que habitaban en gente poco importante. Así pues comencé a buscar métodos para sacarlos del cuerpo de la gente.
Las formas no invasivas no dieron resultados. Los líquidos no les afectaban y los venenos no los mataban más que por la muerte de su huésped. Me vi obligado a recurrir a operaciones directas, a abrir el torso de sus víctimas. Era un procedimiento difícil y los pacientes no lo lograban, pero al menos podían morir con el consuelo de que había sacado al invasor de sus entrañas, cosa que les susurraba en sus últimos momentos. Aún así continuaba para mejorar mis métodos, para por fin poder extraerlos sin que el humano tuviera que morir.
Pero había subestimado a mis enemigos. Entre más de su raza mataba, entre más prominentes eran los miembros que eliminaba, ellos se movían con más fuerza. Manipularon a los policías para buscarme como si fuera yo el monstruo. Pero no me daba por vencido. Esquivaba sus intentos de captura una y otra vez, mientras que me mantenía firme en mi cometido.
Sin embargo su fuerza era descomunal. Ya tenían el control de los medios, que empezaron a atacarme, a llamarme “El fuego fatuo”, haciendo cundir el pánico entre los humanos normales, diciendo que yo era un asesino, que mataba a cualquiera. Y con artimañas increíbles, se comunicaban entre líneas, con mensajes ocultos, sólo para los de su raza. Pero mi poder crecía y podía ver sus intenciones y adelantarme a ellas.
Logré acabar con casi veinte más antes de que una pobre señora, una inocente mujer madura que me dio hospedaje, humana hasta la médula, cayera en su sarta de mentiras y me entregara a la policía. Y así llegué a esta situación, encerrado por intentar salvarnos a todos, pero no me detendrán.
Hasta que pueda escapar intentaré hablar, haré que todo el mundo sepa de sus planes. Pero quieren callarme. Un psiquiatra poseído ha venido a verme después de varios días de contarles mi historia a los oficiales no controlados. Quieren hacerme pasar por un loco. Los locos pueden decir lo que sea y no los escucharán. Por eso dicen que tengo una forma rara de “síndrome de delirio de desidentificación”, o algo similar. Pero tengo razón. La tengo.
Y él me acaba probar eso. Al salir de esta habitación ha apagado la luz. Quiere que me posean, a mí, al héroe de la humanidad, a su único salvador. Es más, siento como uno se mueve al lado de mi pierna. Lo notó como levanta el raído pantalón y empieza a hurgar para meterse debajo de la piel. Hábilmente sube, apoyándose en el hueso, hasta llegar a mi pecho, donde podrá hacer lo que quiera con mi cuerpo, a través de la espina dorsal. Pero no cuenta que siempre escondo un pedazo de vidrio en el tacón de mi zapato. Siempre estoy dispuesto a realizar una intervención de emergencia, incluso en mí mismo. Y así será. Lo sacaré de ahí. Y luego seguiré con mi trabajo.
Hoy en día todo el mundo que quiere escribir y “entregar su obra al mundo”, lo hace. Es el gran regalo que nos ha hecho Internet a los que, de una forma u otra, tenemos esta inquietud metida entre pecho y espalda. Hoy me gustaría evaluar un poco este fenómeno que hace tiempo, cuando andábamos metidos en la farragosa fundación de la
Aprovechando que ya “se han acabado” los exámenes, esta tarde me he decidido a organizar la carpeta de Recibidos del MSN y me encontré con esta “entrevista” que me habían hecho como ganador de un concurso de la