¿Lo estaré haciendo bien? ¿Mi trabajo le interesará a alguien? ¿Hablo para las paredes? Estas preguntas y/u otras muy parecidas seguro que nos las hemos hecho todos los que escribimos un blog o todos los escribidores. ¿A que sí? Sobre todo cuando empezamos, cuando llegamos con ganas de comernos el mundo y creemos que vamos a revolucionar el mundillo… o, bueno, con aspiraciones mucho más bajas también.
Y es una actitud o una pregunta muy habitual y muy necesaria. Aunque poco a poco vayámonos purificando nuestra intención y dándonos cuenta de que no es la “popularidad” lo importante, sino la calidad de lo que cuentas de cómo lo cuentas, que no es cuestión de cuántos te leen sino de qué eres capaz de darles… aunque paulatinamente vayamos “madurando” en este aspecto, siempre nos quedará esta espinita clavada: “No me leen”.
Y lo digo por experiencia propia. Numerosas veces me he quejado de lo mismo: aquí, en mi galería… Y si uno se fija demasiado en el número de visitas o, peor aún, en el número de comentarios recibidos, puede cogerse depresiones de caballo. Yo mismo, en mi faceta de escribidor… tengo una obra bastante “ingente” si la observamos desde el punto de vista de alguien que no gana nada de ello (aunque, bueno, esta perspectiva habría que hablar algún día de ella) y apenas suelo recibir comentarios “físicos”. Un par de lectores fieles… y alguno que a veces le obligo a hacerlo. Y durante mucho tiempo a mí me pasaba.
Ya que estamos, no creáis que esto es “una queja más”. Simplemente, hay algunos temas que resonaban así un poco de fondo cuando iba subiendo las entradas antiguas y este estaba entre ellos. Me apetecía escribir de algo y la musa me dijo que de esto…
Recuperando el tema… ¿Lo estaré haciendo bien? ¿Mi trabajo le interesará a alguien? ¿Hablo para las paredes? Todas estas preguntas, son preguntas legítimas desde el punto de vista de un blogger, escribidor, músico… o ser humano que respira, habla, actúa o se mueve. Sobre todo en un primer momento, pero a lo largo de toda la vida, necesitamos que nos corrijan, que nos animen, que nos paren los pies (también)…
Porque, al fin y al cabo, nuestra obra (en el sentido más amplio del término), nuestro “legado”, está destinado a vivir entre los demás. Sí, puedo guardarme las cosas para mí y “escribir para mí” tiene ese punto romántico y heroico que es tan encandilador… pero, siéntate, piensa… ¿seguro que no es una pose? “Soy Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como. Yo solo me basto porque yo sé lo que busco, sé lo que quiero y sé qué criterios pueden aplicarse a mi obra. Tú no lo entenderías…”
Que sí, que al final todos lo hacemos “para mí”. Pero no lo hacemos “para mí” en el sentido que exageraba en el párrafo anterior. Lo hacemos “para mí” porque nos lo pide el cuerpo. Porque, de algún modo, lo llevamos dentro y necesitamos que salga. Porque, a veces, algunos necesitamos escribir o bloguear o cantar o pintar o zurcir o lo que sea casi tanto como respirar. Y que eso lo reconozca el otro, el de fuera, es casi como si reconocieran nuestra existencia. Todos necesitamos feedback y es legítimo que nos preocupemos cuando no lo recibimos. Todos necesitamos saber que nuestro trabajo, nuestro esfuerzo y nuestros muchos desvelos, que los hay, no caen en saco roto.
Porque si mi trabajo gusta a alguien, tengo un estímulo para seguir. Si en mi trabajo descubren fallos, tengo un estímulo para seguir y para mejorar. Si mi opinión es aceptada, tengo un estímulo para, otro día, volver a darla. Si es contestada, para discutirla, para argumentar… Y siempre, siempre, siempre, para aprender.
Ojo, yo respeto a los lectores silenciosos. Yo mismo, en muchas ocasiones, soy uno de ellos. Aunque procuro comentar (especialmente cuando se trata de leer fics, no tanto ya en los blogs), sé que no siempre lo hago. Y sé que hay gente ahí fuera que puede estar siguiéndome y que no “da la cara” por pereza, vergüenza, porque no sabe qué decir… A esos yo les animaría a hacerlo, pero es su decisión, no la mía y la respeto casi más que a los hoygan que te vienen con cosas del tipo “u fic s l rewea spro q l sigs” y que no sabes si realmente han leído algo o están simplemente “popularizándose” por la vía rápida.
En mi opinión, creo que el mayor problemas que tenemos es la falta de renovación “literaria”, al menos en lo que concierne a la página de BSP.
Cuando me registré hace casi tres años, publicaban con regularidad alrededor de 15 ó 20 personas. Hoy en día, ya sea por trabajo o estudios, la mayor parte de esas 15 ó 20 personas nos hemos ido diluyendo (salvo honrosas excepciones como la de Rido). Y el problema es que a penas se han incorporado 5 personas que puedan tomar el testigo.
Y que no nos podemos engañar. Al final el feedback que recibes es el de aquellas personas que, como nosotros, publican sus relatos y esperan recibir una crítica constructiva. Ahí ya llegamos al problema de no saber si nos leen por compromiso o no, pero eso es ya motivo de otro debate…
En fin, creo que el problema tiene difícil solución. La única, tomar conciencia de que escribimos como forma de autorrealización. Y si además recibimos críticas constructivas, mejor que mejor.
PD – Al menos, de esta forma sabemos cuánto nos leen e, incluso, de vez en cuando recibimos alguna crítica. Sin embargo, cuando he estado trabajando en alguna revista, acababa escribiendo artículos sin saber, a ciencia cierta, si alguien se detendría a leerlos. Eso es todavía más frustrante, aunque cierto es que acabas cobrando (poco) por ello…
Dos cosas:
1.- Todo aquel que escribe o pretende hacerlo debe ser una bestia egoísta, arrogante, altanera… Por encima de todo, debe creer que su obra es la mejor que nunca se ha escrito y que si él no la lleva a cabo, nadie lo hará.
Esto es algo en lo que he descubierto que creo profundamente y en lo que otros autores (renombrados de cojones) ya han incidido, tanto en artículos de revistas, comentarios sobre cómo se debería escribir, etc.
Sí, desde luego que sí, que es una burrada, pero en algo como la escritura, la humildad no puede ser el caballo de batalla. Personalmente, encuentro esta arrogancia una necesidad imperativa para sobrevivir, al fin y al cabo, en un mundo ya saturado de libros y autores. Una especie de mecanismo vivo que nos impulsa a querer seguir con ello. No sé cómo explicarlo… como una llama interior (topicazo).
De algún modo, la creación con la que un escritor juega debe venir impulsada desde sus propios adentros con una inamovible voluntad de dejar huella sin la cual no es posible escribir.
Y, sin embargo,
2.- Como todo animal arrogante, altanero, solitario… necesitamos calor humano, comprensión. Esa jodida llama necesita que alguien la alimente o todo hará tururú, y entonces nos dará igual escribir que no hacerlo y acabaremos jodidos, en la cuneta y con la sensación de haber perdido el tiempo.
Joder, qué imperfectos somos, que ni queriendo ser egoístas logramos aislarnos de la crítica de los demás. Que ni queriendo escribir sólo para nosotros podemos olvidarnos de que, en realidad, escribimos para el jodido resto.
De ahí el feedback, la necesidad de que alguien nos diga: “Sí, me gusta” o “Entiendo el final, tío, lo entiendo.”, o “Claudius no tiene personalidad”, para que nosotros le respondamos “¡Y un huevo!”.
Sí… en el fondo somos unos putos exhibicionistas. De ahí la necesidad de ser leídos. Porque leer es un gustazo, pero que te digan lo que les parece algo que tú has escrito es una especie de onanismo psicosomático de cojones. Es como bajarte los pantalones en el metro (fíjate que no digo que no lo haya hecho ninguna vez…) o como jugar al Póquer por dinero (eso tal vez sí).
En el fondo, los escritores no dejan de ser unos yonquis, todos los artistas (en mayor o menor grado) me atrevería a decir. Por la parte que nos toca, también.
Como tarados hablando a través de un teléfono, necesitamos saber que hay alguien al otro lado.