-¿Y bien, has vuelto a soñar con ella?-
Lentamente asentí.
-¿Y qué crees que significa?-
No lo sé
Me encogí de hombros, sin mirarlo, y me quedé, sentado, donde estaba.
-No lo sé.-
-¿Crees que la quieres? ¿Es eso? ¿Estás enamorado de ella, Tristán?.-
No lo sé
-No lo sé.- seguí igual, sin mirarle. Le escuchaba respirar.
-Bien… bien, da lo mismo. Tranquilo.- se hizo a un lado y se aclaró la voz. –Tranquilo, no pasa nada.- giró el extremo posterior de su bolígrafo, escondiendo la parte que escribía, y lo guardó en el bolsillo delantero de su camisa beige. –No pasa nada, de verdad.-
Y se fue.
- – -
-¿Cómo te llamas?-
-Tristán.- respondí. Ella sonrió, tenía una bonita sonrisa.
-Es un nombre extraño.- me encogí de hombros, como solía, como suelo hacer.
Pasados un par de segundos la miré, para ver cómo se lo había tomado. Es un gesto de hombre débil, de mediocre. Es un “no sé nada, no me preguntes”, un deje de inseguridad terrible. Sin embargo, ella pareció no haberlo notado.
-Es por la leyenda artúrica, a que sí- quiso adivinar.
La miré, pero ella también me estaba mirando a los ojos y tuve que bajar la vista. Daba igual, ya lo haría luego, cuando ella estuviera distraída con otro.
-La leyenda… no.- respondí. –No sé nada de ninguna leyenda.- ella se rió, y yo alcé la mirada de nuevo. Tenía su mano derecha en el mentón, sosteniendo el peso de su cabeza. Tenía el pelo lacio y marrón. Bajo la luz de los fluorescentes, brillaba. Pensé en tocarlo.
-¿No conoces la leyenda artúrica? ¿Le Morte d’Arthur? ¿Sir Thomas Malory ?- rápidamente negué.
-¿Quién?-
-Thomas Malory. Vamos, no es tan raro. Yo he oído hablar de él.- negué otra vez, negué y me encogí de hombros.
-No sé nada de ningún Malory, no.- Sonrió, de nuevo, y se inclinó hacia delante. Mantuvo la mano derecha bajo su barbilla, pero extendió la izquierda encima de la mesa, acercándola hacia las mías.
Temiendo que me tocara, retiré mis manos de allí y las escondí bajo mi asiento. Ella se sorprendió, pero fingió que no le importaba. Aquello me gustó.
-Me lo enseñó mi abuelo.- argüí, no sé por qué. De algún extraño modo, me sentí obligado a darle una explicación, aunque ésta fuera mentira.
-¿El qué?- preguntó.
-Hace frío. Las manos…- traté de sonreír, aunque no creo que resultara muy convincente. Intentando que comprendiera lo que quería contarle, saqué las manos y las volví a esconder entre la silla y mis muslos. –Me lo enseñó mi abuelo.- repetí. –Cuando hace frío, no hay nada mejor.-
-Ah.- se sorprendió ella. –Tu abuelo…- me sonrió.
Con las manos calientes y a salvo, yo asentí.
-El mejor.-
-El mejor…- repitió ella, entre susurros. –Mi abuelo era taxidermista, creo.- Me encogí de hombros. –diseccionaba ardillas y ciervos- asentí.
Tragué saliva, tenía los ojos entre castaños y verdes, y varias pequeñas pecas encima de la nariz. Bajé la mirada de inmediato.
-Mi abuelo fue militar, hasta que le licenciaron; luego conductor de tractores; luego conductor de camiones; luego guardia de seguridad; luego conductor de tractores otra vez; y después fue conductor de furgonetas.- volví a mirarla, ella asentía a cada nueva palabra, a cada nuevo empleo de mi abuelo. –Después se jubiló, y se murió de bronquitis.- Añadí y, tras echar un largo suspiro, me quedé dando golpecitos con la puntera en las baldosas naranjas del suelo.
Me picaba la espalda, así que me rasqué, cuidando de no hacerme sangre. Y como ya tenía las manos calientes, las dejé de nuevo encima de la mesa, metálica y gris.
Cuando me quise dar cuenta, ya debían haber pasado diez o quince segundos. O veinte, y ella me estaba mirando, en silencio. Debía de haber estado mirándome todo aquel rato. Me sentí incómodo, extraño, así que le hablé.
-Mi padre era del Deportivo.- ella sonrió, y se volvió a inclinar hacia delante. Parecía contenta por algo, supongo que era porque era la primera vez en la tarde en que le prestaba algo de atención, en que le contaba algo sobre mí sin que hubiera salido de ella la intención de hacerlo.
-El mío creo que del Madrid.-
-Ah, lo siento.- repliqué, y ella se rió. Me alarmé.
-¿Qué, qué pasa?- le pregunté.
Inmediatamente me pasé la lengua por los dientes, para ver si tenía comida entre ellos. Luego, con disimulo, me palpé la nariz. Nada. Sin embargo, ella seguía riendo y yo, descolocado por la situación, traté de ponerme serio, muy serio, para ver si el problema era alguna extraña mueca nerviosa o una contracción muscular.
Al verme de esa guisa, ella paró de reír, y se me quedó mirando. Muy seria, también. Durante unos segundos, al menos, porque pasado este tiempo, sus labios temblaron de nuevo y le asaltó una nueva carcajada que, todo sea dicho, tampoco comprendí, acompañada de lo que, supongo, debió de ser un cumplido.
-Eres divertido, Tristán…-
-¿Yo?- quise saber, y ella sonrió de nuevo, ladeando la cabeza mientras la apoyaba en su mano derecha. De nuevo tendió su mano izquierda, de nuevo buscó el contacto. En esta ocasión, pero, no la retiré.
-Eres más gracioso de lo que, al principio, pareces.- Me encogí de hombros.
-¿Ah sí?-
-¡Sí!- clamó ella, llena de vitalidad. Tan fogosamente que recuerdo que estuve tentado de echarme atrás. Entonces habló. –Cuéntame algo más.-
-Sí.- asentí, sin atreverme a alzar la mirada de nuevo. –Mi padre. Por él llevo mi nombre.-
-¿También se llamaba Tristán?.- Rápidamente negué. No lo había entendido.
-No, no, no. Era del Deportivo.- no dijo nada. –Tristán…- alcé los ojos hacia ella durante un segundo. Bastó para darme cuenta que ella no sabía de lo que le hablaba. Sin embargo, me sonrió.
Y recuerdo que yo también lo hice. Yo también le sonreí.
- – -
Tristán
-Tristán. Estate atento, ¿quieres?.-
-Sí.- respondí.
-Bien.- tragó saliva, juntó las manos encima de la mesa, entrelazando los dedos, y se aclaró la voz. –Tristán, dime. ¿Fue aquélla la primera vez?.-
No.
Me quedé en silencio, mirando al suelo. Las baldosas eran grises, y parecían estar muy frías. Creo que me picaba la espalda, pero no me la rasqué. No esa vez.
Hugo me miraba, podía sentirlo. Todos me miraban, todos. Esperando que cometiera un error. Que les mintiera.
-Tristán… ¿Fue la primera vez que sentiste aquel impulso ?-
No.
Me moví, y la silla hizo un ruido extraño y chirriante que me molestó.
-Tristán…-
-Sí.- respondí. –Sí, fue la primera vez.-
-Bien…- suspiró Hugo, anotando unas líneas en su bloc, colocándose bien las gafas. Pasados unos segundos, volvió a dirigirse a mí. –Dime…- se paró, haciendo una pausa, acariciándose la barbilla con la mano.- ¿Recuerdas algo más? Cuántos años tenía…-
Se quedó en silencio, alargando la pregunta. Dejando que muriera en el aire.
Yo me moví una vez más, haciendo chirriar la silla. Hacía frío en aquella sala. Sí, hacía frío.
Hugo me miraba, con el bolígrafo azul en la mano, apuntando hacia las hojas blancas del bloc. Bajé la mirada, me encogí de hombros.
-No lo sé.- respondí, al fin.
Él asintió, callado.
Aquel mismo Marzo hubiera cumplido diez.