- Mamá
- …
- ¡Mamá!
- Dime …
- ¿Qué hora es?
- Las siete menos diez.
- ¡Estupentástico!
Benjamín corrió hasta la puerta de la habitación y observó a aquella figura lejana, de luminosos mofletes y melena rubia, que acababa de dejar atrás; aun podía sentir aquel olor acre y ajado que había captado al darle un beso de despedida, dio la vuelta sobre sus talones mientras imaginaba una sonrisa inexistente y salió al pasillo.
Atravesó el corredor dedicando un sonoro saludo a su padre; hoy parecía pletórico, y se había vestido con su traje blanco, el progenitor le correspondió con una caricia en la cabeza y lo dejó marchar recitándole una advertencia: “Ten cuidado pillastre”.
Benjamín ya marchaba pensando que había escurrido el bulto por haber roto el péndulo del reloj que adornaba la pared este del salón. Tan solo faltaba un paso para alcanzar el pomo de la puerta principal cuando su padre le llamó de nuevo:
- ¿Padre? – pronunció remarcando una mueca culpable al tiempo que bajaba la cabeza.
- Toma, súbeme tabaco y el resto para ti. – Dijo guiñando un ojo y entregándole mil pesetas.
La suerte le había tocado muy pocas veces de manera tan contundente, aquel debía ser su día, quizá debería aprovecharlo para algo importante. Pensando en tales menesteres salió de su casa, bajó las escaleras y abrió la puerta del patio; ante el se extendía un parque vallado y muy amplio, con bancos, columpios y un campo de futbol sala descubierto. Le encantaba jugar a futbol, aunque solía extenuarse a los pocos minutos. El campo estaba vacío ahora, solo tres o cuatro “mayores” estaban sentados a un lado de este, fumando y ojeando una revista. Emprendió el camino hacia el lado derecho y torció la esquina veintitrés saltos con los pies juntos mas allá, después avanzo de puntillas evitando las líneas de los adoquines en aquella acera cuadriculada, harto difícil, y después de cruzar el puente sobre la lava, se detuvo ante la puerta del Estanco.
- Buenas tardes señora Rosa. – Dijo amablemente a la estanquera. Aquella mujer oronda ataviada con un mandil siempre parecía enfadada, el local siempre estaba lleno de humo y a Benjamín le picaba en los ojos si estaba demasiado rato.
- Buenas tardes pollo. ¿Que quieres?
- El tabaco amarillo de ahí.
- Aquí tienes, son trescientas cincuenta pesetas. – Añadió Rosa mientras resoplaba con una mezcla de ira y plegaría divina.
- Tenga mil. – Contesto el cliente entregándole el dinero de su padre.
- Y aquí el cambio – Dijo la propietaria dando por finalizada la transacción, acto que quedo demostrado al girar esta su enorme cuerpo de nuevo cara a la pequeña televisión que incorporaba el local, donde sintonizaba una telenovela tardía.
- Buenas tardes foca. – Saludo de nuevo el joven.
- ¿Qué has dicho?
- Que no puedes ni alcanzar los paquetes de tabaco sin usar un palo, das pena.
- ¡Maldito crío, te vas a enterar! – dijo al tiempo que hacia ademán de levantarse.
A Benjamín le costó cerca de minuto y medio contar las monedas recibidas, este tiempo transcurrió entre groseros gruñidos emitidos por la dueña del estanco que intentaba salir de detrás del mostrador al tiempo que agarraba una escoba apoyada al final de este, todo sea dicho, por ahora sin éxito. Benjamín desvió la mirada hacia el taburete que, frente al mostrador, esperaba a los clientes moribundos y resecos que acudían diariamente a por su vicio, pues algunos de estos clientes necesitaban recobrar el aliento tras el paseo, y era conveniente que viviesen algunos años más. Descuidadamente el infante se dio la vuelta al tiempo que abría la puerta, y la marca que dejaba la misma sobre los adoquines capto de improviso su atención. Como un compás, y fruto de una bisagra defectuosa, la costumbre de los gozones había dibujado la cuarta parte de un círculo perfecto, y este curvo camino señalaba una cuña de madera, de escaso tamaño, que la propietaria del local utilizaba para calzar la puerta.
Benjamín calculo a ojo la bisectriz del ángulo que aquella erosión calcárea marcaba, y con ayuda de la eficiente y polvorienta ayudante de la señora Rosa, que intentaba azuzarle en la distancia mediante sus servicios, situó la cuña sobre la ilusoria bisectriz a la espera de que está hiciese su función llegado el momento. Acto seguido se giró a tiempo para observar a la vendedora salir por fin de su fortificación comercial forrada en madera, y guiñándole un ojo salió del local. Tras de sí pudo escuchar el predecible tropiezo con el taburete, sin embargo no la desafortunada fractura craneal que provoco el impacto contra el canto de la fijada puerta, y que de manera simétrica terminó con la vida de aquella mujer. En su entierro coincidió con tres de sus clientes; ocupaban profundos agujeros escavados en la húmeda tierra, a tan solo unos pasos del suyo. Benjamín se sintió mal durante al menos trece segundos por haberla llamado foca, pero esas no eran el tipo de cosas en las que un niño pensaba demasiado.
Benjamín decidió que la siguiente parada sería el kiosco, el cuerpo le pedía azúcar y allí estaba el de todo el barrio. Amontonado en cajas cúbicas por cientos y cientos de unidades, con distintos y apetecibles colores y sabores. Los dulces artificiales le hacían salivar aun antes de entrar en el comercio. Prosiguió su camino saltando a la pata coja mientras disfrutaba desentonando una canción infantil e imaginando como sería una gran fábrica de nubes de gominola.
Durante el camino observó a una pareja discutir, eran jóvenes, muy jóvenes, y por alguna razón no les tenía miedo, quizá porque no parecían fijarse en él. Aquel proyecto de hombre portaba un peinado de erizo, un pendiente plateado en la oreja izquierda y un chándal conjuntado en azul y blanco; la chica, por su parte, portaba una minifalda blanca y una sudadera rosa. Benjamín no podía escuchar lo que decían con exactitud, y quizá por eso le pareció una ocasión de juego inmejorable.
Se situó detrás del joven, a una distancia prudencial, quedando expuesto a la visión de la muchacha, que miraba por encima de la masculina silueta mientras gritaba y adquiría progresivamente un tono rojizo en su rosada piel. Benjamín iluminó entonces una idea con su sonrisa infantil, y situándose frente a la farola, aun en el campo de visión de la fémina, comenzó a fingir un inocente besuqueo, a modo de burla, con este objeto inanimado del mobiliario urbano. Estuvo así al menos un minuto, aunque no podía mantener su actuación sin interrumpirla a cada poco con estridentes y vergonzosas risitas, y con leves intervalos de disimulo cada vez que la muchacha fijaba la vista en él. De pronto advirtió que el pescadero salía a fumar un cigarro en la acera de enfrente, aún con el mandil y el enorme cuchillo enfundado en un costado de este, aquí decidió parar, a sabiendas de que era el padre de la joven. Algo desilusionado marcho inmediatamente de allí, aun sin conocer lo que a continuación sucedería en el, por su parte, abandonado escenario.
El atestado policial rezaba: La señorita Dolores Martínez Burdeau de 17 años, abofeteó a su compañero sentimental Pascual Méndez Dol en la c/ Serra, a la altura del número 19, al parecer por motivos personales relacionados con la promiscuidad de este. El joven ofendido, en un arrebato de ira, según testigos presenciales, golpeo con fuerza a la muchacha en la cara utilizando el reverso del puño. Manuel Martínez Sáez, padre de la joven que presenciaba casualmente la escena, agredió al muchacho tras considerar la acción de este “para matarlo, abrirlo y comerme sus tripas” según su testimonio personal. El agresor y agredido, Pascual Méndez Dol, ha sido trasladado al hospital con una hemorragia pélvica y una herida incisiva en el brazo. Se espera el pronóstico médico para considerar si las lesiones en el sistema reproductor del joven son irreversibles.
Benjamín era un niño bastante feliz, recibía bastante atención de sus padres y no demasiadas comodidades, sus juguetes eran escasos y su imaginación desorbitada, por lo que demostraba una creatividad abrumadora. El pequeño Benjamín estaba ahora pinchando en un alfiler del que pendía un hilo anudado, todas y cada una de las golosinas que el quiosquero le dejaba sobre el platillo según las iba seleccionando.
- Ten cuidado a ver si vas a pincharte, y sobre todo no dejes caer al suelo las gominolas, el que las tira las paga, no pienso darte otras.
- Le prometo que pongo toda mi atención… – Dijo mientras guiñaba un ojo al atravesar un ladrillo recubierto de pica-pica. – Don Eustaquio, ¿Por qué le brilla el pelo como si estuviese mojado?
- Es por la gomina, da esa sensación. Uno, que es algo presumido – Dijo al tiempo que, interrumpiendo el flujo de gominolas, se giraba para observar su esbelta figura en un gran espejo que escondía la puerta de la trastienda.
Benjamín no pudo evitar mirarlo con cierta admiración, advirtió, al verlo de espaldas, que un peine sobresalía de su bolsillo trasero. Esta simple observación era capaz de acaparar toda su atención saboteando el proceso de ensartado, cuando se dio cuenta había dejado caer un chicle en forma de melón y una gominola con forma de botellín de cola, al polvoriento suelo. Rápidamente lo escondió de una patada bajo el mostrador, y levantó la mirada a tiempo para encontrarse la cara de Eustaquio Rousseau mirándole fijamente y coronada por un ceño, que el consideraba bastante fruncido.
- ¿Ves? Te lo dije, quien me manda a mi quedarme el kiosco, hubiese podido ser modelo y recorrer el mundo amasando una gran fortuna – Se lamentaba mientras salía de detrás del mostrador y se agachaba en busca de las golosinas perdidas.
Aquello era demasiado para su instinto travieso: un hombre se mantenía agachado con el culo en pompa y él, ¡él!, tenía un en su mano un alfiler y en su mente la intención de usarlo. A continuación sucedió algo de lo que Benjamín nunca aprendería nada, pero que quedó marcado en su memoria como una clase de mecánica. Eustaquio emitió un quejido y se levanto de golpe, su cabeza se golpeo contra el marmóreo reborde del mostrador y su peinado se tiño de sangre, echándose las manos a la cabeza golpeo con un codo la ulterior pila de botes de cristal donde guardaba los dulces, que comenzaron a caer como fichas de dominó puestas en fila. El estropicio fue general, el suelo estaba lleno de gominolas, polvo y cristales, casi a partes iguales. El propietario del lugar había sufrido dolor físico, pero no era esta la causante de la rabia que sentía tras ver, ya no su tienda destrozada, sino su pelo revuelto, rojizo y su impoluta camisa manchada de sangre, que seguía emanando de algunos conductos capilares en su vanidosa cabeza.
- Se acabó. ¡Dame todas las gominolas! – Dijo al tiempo que cogía unas tijeras y se acercaba al asustado chiquillo con intención de cortar el cordel que mantenía aprisionadas aquellas dulces pretensiones.
El pequeño niño tiraba de la puerta con todas sus fuerzas, porque aunque esta se mantenía inmóvil, nadie habría podido disuadirlo de que salvar las gominolas era ahora mismo un deber sagrado. La puerta del kiosco se abrió. La luz solar sustituyó a la emitida por los alógenos, que el propietario prefería por dotar a su semblante de un color radiante, y una voz comenzó una frase, hizo un movimiento y… se acabó.
- Buenos días, quería el perio … – Un policía uniformado desenfundó el arma a una velocidad que haría palidecer de envidia a John Wayne y disparó dos veces sobre la caja torácica del quiosquero , que ensangrentado y despeinado empuñaba unas tijeras, y que murió en el acto, contento de seguir joven y guapo. Aun agonizante alcanzó el peine que reposaba en su bolsillo trasero y acarició su cabello con él antes de desplomarse sonriente.
Benjamín salió corriendo de allí, al principio se sintió un poco asustado, pero consiguió relajarse al llegar a la mitad del cordón de golosinas, era evidente que había sucedido algo raro. Decidió que mañana iría a disculparse con el quiosquero, y le pagaría las dos gominolas bajo el mostrador y todas las ya devoradas. De pronto advirtió que estaba cerca del parque, corrió hasta él y optó por sentarse un momento en el banco que tenia mejores vistas sobre la estatua del ilustre Don Carpanta, pasados unos segundos advirtió que alguien se sentaba a su lado.
- Buenas tardes joven ¿te sobra una moneda? – Profirió una voz cascada y gutural a un par de palmos por encima de su cabeza.
- Lo cierto es que si, al menos una de cien pesetas – Dijo el benjamín al tiempo que hacia trabajar a su cuello con el fin de observar el semblante que debía coronar aquel cuerpo grande, mal vestido y de agrio aroma.
- Muchas gracias… – Dijo el dueño del ansiado semblante que, poniéndonos descriptivos, tomaba forma de cara cubierta de barba blanca tornada en color negro, y cabellos largos en peinado greñudo y desigual. La nariz era grande, muy grande y sus ojos permanecían tan arrugados que solo podías distinguir un extraño brillo proveniente de entre los incontables pliegues de piel a la altura de las orejas. La boca desdentada hablaba despacio y parecía paladear los restos de comida que iba rescatando de sus gruesos labios durante su charla – ¿Sabes qué? Estoy loco, como una regadera.
- Yo le veo bien – mintió el chiquillo en su primer contacto con la cordialidad.
- Si ¿verdad? No estoy tan mal… Ahora ve a casa, pequeño Benjamín, y pregúntale a aquellos que te engendraron porque un futuro se decide en el presente. Háblales de mi, del viejo del parque, del borracho de la calle Polvorín… y dales este recado de mi parte – acto seguido rebuscó en el bolsillo derecho de su mugroso abrigo y extrajo un pequeño orbe de color negruzco – Que no te dé miedo, ni asco, tan solo es amor de hermano, es mejor saber la verdad desde el principio… si… si… a menos diez – Dijo sonriendo al tiempo que se levantaba. Benjamín lo siguió con la mirada hasta que cruzó el parque, giró la esquina, y volvió a asomarse por ella durante un segundo agitando la mano con fuerza mientras le devolvía la mirada sonrriente. Fue entonces cuando pensó – Es hombre está… loco.