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Partir de la base

Hoy he estado de aquí para allá y, mientras iba en el coche, venía pensando en qué sería lo siguiente que pondría aquí. No me preguntéis por qué, pero eso es en lo que pensaba. Casi me paso la salida de la autopista por eso y todo… En fin, que bien podría escribir “Dialogando II, el retonno” o desarrollar alguno de los temas que han ido saliendo marginalmente en los dos artículos anteriores y de los que he dicho “en otro momento ya desarrollaré más esto”; pero al final la actualidad me ha conducido por otros derroteros y aquí estoy, hablando de cimientos y bases.

¿Mande?

Pues eso, que voy a hablar de la importancia de un buen trasfondo.

Como algunos (los que seguís mi galería) sabréis, llevo tiempo dándole vueltas a la idea de trasladar el conjunto que componen Recuerdos de una vida pasada, Memorias y Akano a un universo totalmente nuevo. La razón y las motivaciones para esta decisión dan para otro artículo entero (otro más, ¿veis?), así que no me lñio más con ello ahora mismo. La cuestión es que estos últimos días me he puesto un poco con toda esta historia en mis ratos libres y he ido diseñando un trasfondo.

Cuando compartí un primer boceto con Shwayne y Eratia, el primero me dijo, muy acertadamente por otra parte, “los trasfondos no venden”. Y es cierto, muy cierto. Los trasfonden no venden y creo que todos estamos de acuerdo en eso. Por si acaso voy a poner un ejemplo, y ya que la cosa tal y como la planteé iba en la línea de la fantasía (que sabéis que, junto con el histórico, es mi género preferido para leer y en el que me siento más cómodo al escribir), voy a ponerlo acerca del más grande. Y no, no le he cambiado el sexo a la Jurado. Hablo de John Ronald Reuel Tolkien, mi autor preferido, para más I.N.R.I.

Yo descubrí a Toliken bastante tarde, con el estreno de la primera película. Bueno, miento, evidentemente sabía quién era y había oído hablar mucho de él. Mi madre tenía (y sigue teniendo) una edición del Bestiario de Tolkien que había lanzado el Círculo de Lectores y alguna vez le había echado un vistazo fugaz. Pero no fue hasta que Peter Jackson se decidió a llevarse a unos tíos a Nueva Zelanda y rodar su visión de El Señor de los Anillos cuando no me lancé a leer los libros. Como no, comencé por la Trilogía. Como dato curioso, leí La Comunidad en gallego, lo que motivó un cierto caos nominativo cuando me pasé al castellano con Las dos torres. La cosa es que me prometí ver la peli sin antes leer el libro así que al principio tenía cierta prisa por leerlo… y al final creo que sólo vi en el cine El retorno del Rey. Algo parecido me pasa con Millenium de Stieg Larrson (realmente, debería mirar cuantas erres y eses lleva, pero estoy vago).

Por aquella época ya me había iniciado en el mundo de la fantasía épica a través de un MUD en el que jugaba. De todas formas era una época en la que apenas leía, he de confesarlo. Vamos, que sólo lo que mandaban en el colegio y nada más, qu eme pilló en Bachillerato.

Al grano, Ricardito, que te lías…

La cuestión es que empecé por la Trilogía, como supongo que hizo todo bicho viviente. Muy pocos habrán comenzado por El hobbit (aunque yo, personalmente, recomiendo empezar por aquí cuando alguien me pregunta, es mucho más fácil de leer y más simpático). Seguro que algún loco empezó por el Silmarillion, pero alguno habrá. Ya no menciono otros libros porque son más “esotéricos”, en el sentido original de la palabra.

Si empiezas por la Trilogía, lo que te conquista, si eres una persona normal, claro, es la historia. Sí, la ambientación puede motivarte, perfecto, pero lo esencial es la historia. Enlazando ya con el tema de hoy, puedes leer perfectamente LoTR sin tener ni idea de las historias que subyacen… Es decir, no te hace falta saber acerca de Númenor, los orcos o las distintas clases de elfos… Basta lo que JRR te va soltando. A ver, te quedará colgada toda la sección de Tom Bombadil, que es imposible entender quién es o qué pinta ahí sin saber más acerca del universo tolkeniano… pero bueno, me refiero a lo global de la historia. Pero, en general, no hay problema ninguno en seguir todo el hilo de la historia.

Pero diciendo esto estamos hablando desde el nivel del lector y aquí queremos tratar todo (o intentamos hacerlo) desde el punto de vista del autor, del tejedor de historias (qué bonita expresión).

Decimos “el trasfondo no vende”, no te estreses tanto… E insisto en que esto es verdad. Lo que realmente debe importar, aquello en lo que debemos centrar de veras el mayor de nuestros esfuerzos creativos, es crear una buena historia, una buena trama, un buen argumento. Debemos ocuparnos de que sea un argumento atractivo, coherente, con sentido… Y esa debe ser nuestra prioridad: “ontológica” (es decir, en cuanto a su importancia de por sí) y temporalmente (debemos tener decidida la trama general antes del trasfondo).

Al fin y al cabo, “Tolkien no empezó por el Valaquenta”, como bien dijo el mismo Shwayne (macho, tus frases me han resultado inspiradoras), ni por el Ainundalë, ni por el Silmarillion en general. Pero si bien esta colección de historias que dibuja el verdadero trasfondo de toda la Tierra Media se editó el último de los tres grandes libros (considerando El Señor de los anillos como un solo libro, como debe ser), no podemos engañarnos: se venían forjando desde mucho antes (desde antes de El Hobbit incluso). Aunque no fuera en su forma definitiva, aunque mucho de eso sólo fuera una idea confusa en la cabeza, estaban ahí. Si no, la historia ad extra no tendría ni tanta coherencia interna ni tanta brillantez.

Poniendo un ejemplo menos literario, porque veo que me estoy perdiendo. El cimiento de un edificio no se ve a simple vista. No es lo vistoso, no es lo que llama la atención. El inspector debe ir expresamente a buscarlo, el arquitecto debe construir a propósito una estructura que permita verlos. Es su opción abrir un acceso a los cimientos o no abrirlo. Sin embargo, aunque no se bean, sin un buen cimiento la casa se desmorona.

Del mismo modo ocurre con el trasfondo. Son esos cimientos del edificio que es la historia. Va desde la historia pasada del mundo que escribimos (especialmente en la ciencia ficción o en la fantasía, pero también en el resto de los personajes) hasta la construcción de los personajes. Sin un buen trasfondo, la historia se desmorona.

Mientras pensaba en esto (e iba anotando algunas ideas), alguien estaba citando a otro de mis ídolos C.S. Lewis, otro autor que, simplemente, me apasiona. A todos los niveles. Eso me lleva a hacer una anotación más, porque me parece que es más claro en su caso que en el de Tolkien. Aunque el arquitecto muestre el cimiento, aunque el inspector se esfuerce en buscarlo… hay siempre una parte que queda oculta. Lo mismo ocurre aquí.

No todo el trasfondo es inteligible, mostrable. Mucha parte del trasfondo quedará siempre oculta porque no se expresa dentro del relato o en relatos “adyacentes”. Me refiero a esa parte que no queda reflejada en el papel: la propia vida, los sentimientos, los pensamientos del autor… No podemos comprender Narnia al 100% si no conocemos al Lewis ensayista, “teólogo”, apologeta… Al hombre. No podemos comprender toda la historia que se desarrolla en la Tierra Media sin conocer a Tolkien.

Recuerda esto:

La primera piedra, la más fundamental del trasfondo, eres Tú

Pufff… Vaya rollo os he echado hoy.

Dialogando I

Ando muy liado estos días y he dejado esto y muchas otras cosas relacionadas con la escritura de lado, no voy a negarlo. Pero hoy he conseguido medio terminar un capítulo de mi memoria de Bachiller (algo así como la tesina, para entendernos) y me he decidido a escribir algo. Para no pensar mucho, he decidido tirar de una de esas “ideas reserva” que siempre guardo para casos de vagancia-emergencia: los diálogos. Si este blog nació un poco por la inspiración generada por esta entrada de Mechanical Hamster que nos presentó kurokotetsu, ¿qué mejor que escribir algo sobre cómo veo yo el diálogo?

Es una de las cuestiones que a mí más me “preocupan” dentro de mi faceta como escritor aficionado y, de hecho, tengo varios trabajitos (buena parte de Las Crónicas de Rido, por ejemplo) en los que sólo uso texto dialogado.

En nuestro entorno, en el mundillo en el que nos movemos, estamos demasiado influenciados por la cultura audiovisual, por el cine, las series de televisión… y en el círculo más cercano a la FFF, por el cómic-manga y el anime. Y esto influye mucho en la forma de escribir nuestros diálogos. Son medios casi exclusivamente dialogados, apenas existe una figura clara que ejerza de narrador y, por eso, el diálogo adquiere una dimensión distinta: al diálogo se le encarga también una función “narrativa” de la que carece en buena medida el diálogo de un escrito en prosa. Es decir, que en ese tipo de medios es necesario poner en boca de los hablantes mucho contenido cuyo lugar en la prosa narrativa es, más bien, el cuerpo del texto.

Entonces, si no estamos en un medio como esos… ¿Por qué nos comportamos como si sí y escribimos los diálogos como si fuéramos los guionistas de una serie de TV? No hablo ya de esos que se creen dramaturgos e introducen las intervenciones con el nombre del hablante, cual guión cinematográfico. Sino que me refiero a esa costumbre de hacer diálogos increíbles. “Increíbles” no en el sentido de buenos, sino en el sentido de que uno no se creería que alguien hablara así.

Cada uno con su estilo, cada uno con sus manías, cada uno con su visión, sus opciones y sus ideas, que yo aquí no pretendo imponer nada. Pero creo que no podemos traicionar la realidad, que debemos ser lo más “fiables”, lo más creíbles posible. Y uno de los puntos en los que más se nota esto es, al menos tal y como yo lo veo, en los diálogos. Por eso me fijo tanto en ellos.

Partamos de un punto básico desde el que desarrollar todo: ¿qué es un diálogo? En una primera definición así a vuelapluma se me ocurre definirlo como un intercambio oral de ideas. Es una definición incompleta, lo sé, pero me es útil para lo que quiero transmitir hoy.

Lo primero, es un intercambio. Esto no lo podemos perder de vista. Aunque un personaje intervenga más que otro o lleve el peso del contenido o sea más importante… nunca debemos convertir un diálogo en un monólogo sin un motivo justificado. Otra cosa es que queramos poner en boca de un personaje un largo discurso que, de vez en cuando, se vea interrumpido por alguna intervención de sus oyentes, sea esta buscada o no por el hablante. Pero si lo que queremos es hacer un diálogo, no perdamos esto de vista. Los diálogos están constantemente interrumpidos, verbal o no verbalmente… y es este clima de intercambio de información en el que desarrollan y en el que adquieren su lógica.

Más importante aún, es oral. En la categoría oral, aunque no sea la palabra adecuada, introducid, para entendernos, tanto el lenguaje verbal como el no verbal. Esto implica un registro distinto al del escrito. Es decir, que hay palabras, giros, frases que le son propias y otras que no le pegan para nada. Yo no narro como hablo, pero tampoco hablo como narro. Aunque quiera introducir contenido, revelar datos… No lo hago de la misma forma.

Ten esto presente.

Y es importantísimo que introduzcamos de forma adecuada el lenguaje no verbal. Fíjate cuando hablas: modulas la voz, gesticulas con las manos, con la cara, tu mirada cambia, te mueves, adquieres una postura determinada u otra… Y cada uno de esos gestos, los hagas consciente o inconscientemente, tienen su carga significativa. Es lo que le realmente le da cuerpo a lo que se está diciendo.

Por eso, tan importante como saber manejar un registro adecuado al lenguaje oral (y a la situación, no lo olvidemos, que yo no hablo igual con mis amigos que con mis profesores ni hablo igual cuando hablo de política que cuando hablo de fútbol) es saber manejar las acotaciones del diálogo: los verbos de expresión, las anotaciones gestuales…

Cierto que, como dice Mechanical Hamster en su artículo, retratar la realidad tal cual convierte al diálogo escrito en algo ininteligible, porque usamos interjecciones, muletillas, introducimos pausas, etc. Pero el truco está en tomar la distancia justa: todo lo cerca que se pueda estar de la realidad sin quemarse.

¿Y cómo se consigue esto?

Pues, sobre todo, escuchando a la gente, leyendo y… escribiendo. Como todo, vamos.

Estoy tentado a seguir con esto, pero sé que si sigo no termino. Así que ya otro día seguiré con más cosas relacionadas con los diálogos y que también me inquietan bastante. Sirva esto como aperitivo, simplemente.

El principio de los tiempos

Si he tardado tanto en escribir esta primera entrada “en serio” de esta nueva sección del blog no es sólo por el desajuste propio del inicio de las clases. ME ha costado decidirme por qué comenzaría a este compendio de reflexiones, pero creo que al fin he tomado una decisión. Bueno, realmente, si estás leyendo esto es porque ya me he decantado por una de las múltiples opciones que me rondaban por la cabeza. Sí, creo que lo mejor va a ser empezar por el principio, como por otra parte parece lógico. No hablo del título (de hecho, lo suyo es que el título, al menos el definitivo, debería ser lo último), ni la portada, ni nada por el estilo.

No. A lo que me refiero por “el principio” es a la idea. Creo que es conveniente pararnos un poco en el proceso de génesis de la historia, en sus orígenes más primitivos, antes de lanzarnos al ataque escribiendo un supertexto. Es algo que creo válido tanto para cuando queremos escribir historias largas como para cuando queremos escribir relatos cortos.

Es cierto, muchas veces la idea es, sobre todo, cosa de inspiración. El voluntarismo funciona, pero no a estos niveles. La idea no se fabrica. No se crea. Simplemente surge. Nos encontramos con ella cuando menos nos lo esperamos. Pero no toda idea es váilda ni apropiada para nosotros. Antes que nada, hay que ser consciente de cuáles son las limitaciones y las virtudes o capacidades de uno mismo. COmo en todas las cuestiones de la vida, es necesario un verdadero proceso de discernimiento. Enfrentarse al papel en blanco con lo primero que se nos ocurre, sin tener las cosas claras, es una aventura, sí, pero la mayor parte de las veces reporta más frustración que satisfacción. Por eso, cuando se enciende la bombilla creo que es conveniente hacerse unas cuantas preguntas.

La primera de todas es, seguramente, la siguiente: “¿Por qué quiero escribir?” “¿Por qué quiero escribir esto?” La primera de estas dos preguntas nos vendría bien hacérnosla de vez en cuando y respondernos con sinceridad. Pero es en la segunda de ellas en la que me quiero fijar, porque está más relacionada con el tema que quería tratar hoy. Lo primero que debemos hacer cuando recibimos la llamada de la musa es explorar los motivos de la idea. Es decir, debemos preguntarnos por la inspiración en sí misma. Si sé por qué quiero escribir sobre algo, me ayudará, primero, a clarificar mis motivaciones, la postura que voy a adoptar frente al relato. De ello depende mucho del resultado final y de la gratitud del trabajo, en el fondo. Creo que no me he encontrado nada más vacío que escribir “porque toca”, aunque luego el resultado fuera más o menos interesante. Además, esta clarificación de nuestras intenciones nos ayudará a responder a las siguientes cuestiones.

Bien, ahora ya sabemos qué nos lleva a escribir y a escribir algo en concreto. Es un gran paso, creedme. Pero no termina aquí la cosa. De cara al futuro inmediato, a la escritura propiamente dicha, es tan importante como lo anterior el preguntarse por otra cosa: “¿Qué es lo que voy a escribir?” Me refiero, sobre todo, a profundizar en la idea, a conocerla a fondo, a jugar con ella, darle vueltas y contemplarla de todos los ánculos posibles. Parece lógico. Somos sus dueños y nuestra misión es transmitirla. Y para transmitir, por muy pequeña que sea la parte, debemos dominar el todo. Ese es nuestro objetivo: no sólo tener la idea, poseerla de verdad.

Pero más allá de eso, aunque parte del mismo proceso de profundización en la idea, se situaría otro interrogante que yo considero más importante aún. “¿Qué es lo que quiero contar?” Esta cuestión se enraíza en aquel “¿por qué quiero escribir esto?” del que hablaba antes. Me explico. No podemos perder de vista la dimensión simbólica que tiene la escritura. Como dije, nuestra implicación con lo que queremos escribir es decisiva. Somos conscientes de que, sobre todo, es un vehículo para expresarnos y para abrir al mundo (o a nosotros mismos) lo que hay dentro de nosotros. Es decir, tengo mi idea, la conozco, sé por qué la voy a desarrollar. Pero, ¿qué es lo que realmente quiero decirle a mis posibles lectores (y a mí el primero) a través con ella? Sabemos que la forma (la idea tal y como la vamos a plasmar) sólo es la puerta de acceso al verdadero significado de lo que realmente queremos transmitir. Conocer realmente este fondo de significado es realmente importante para poder adecuarnos y ser fieles a nosotros mismos y a la idea en sí.

Luego vendrían las cuestiones del cómo y demás, pero creo que en ese tipo de temas ya me meteré en otro momento.

Declaración de principios

Durante los últimos días, semanas, me ha venido rondando la cabeza una idea que puede rayar en lo soberbio, lo pretencioso o lo creido. Me explico. Se trataría de crear un blog en el que compartir, desde mi experiencia, pequeños consejos y reflexiones sobre cuestiones relacionadas con la que es mi pasión: la escritura.

Releía yo el artículo que enlazó Kurokotetsu sobre lo de los diálogos y la idea se iba formando en mi mente con cada vez más claridad, pero al mismo tiempo surgían las dudas y el debate interno. ¿Hacerlo o no hacerlo? ¿Merece la pena el aparente esfuerzo? ¿Soy yo quién para hacer esto o realmente no tengo nada que aportar a nadie? ¿Seré lo suficientemente constante? La escritura es mi hobby. No soy más que un escritor aficionado. ¿Quién soy yo para dar consejos a nadie? Aquí es cuando en mi cabeza comenzaba a sonar ¿De qué vas? de Siniestro Total. ¿No será demasiado pretencioso?

Pero al final me dije. Sí, es pretencioso. ¿Y qué? Al fin y al cabo es parte del espíritu de la FFF compartir las experiencias de cada uno con los demás, ¿no? Por eso decidí hacerlo aquí en lugar de un blog aparte (además de porque así no tengo la presión de mantener un blog en solitario). Por eso, aquí y ahora, doy comienzo a esta sección, con mis mejores deseos y con la mayor ilusión. Espero que a vosotros os guste y, sobre todo, que os aproveche.

K.G.B.-K. – Dantalion

En medio de la noche, a las afueras de una gran ciudad, un vehículo con dos personas, un monje que hacía de chofer y un hombre joven y alto que era su acompañante, acababa de pasar un peaje para seguir su camino hacia un lugar dentro de la metrópoli que estaba ante sus ojos y al cual les era urgente llegar por unas razones que atender.

- Takeo, ¿cómo tienes el brazo?

- Ya no me duele tanto gracias a la cura que me hizo Chika, Masaki

- ¿Estás consciente que nuestra visita tiene que ser lo más corta posible?

- Sí, tenemos que encontrarnos con Chika y Arashi en la otra ciudad a la brevedad y haciendo la visita como debe ser, por cierto, ¿adónde vamos?

- Al hospital St. Luke, 9-1 de la calle Akashicho, barrio de Chuo

- ¿Ese no fue el hospital que se organizó mejor para cubrir la emergencia del 20 de marzo de 1995 en la ciudad?

- Si, ya el próximo mes se harán 14 años, pero lo que importa es que lleguemos a donde tenemos que llegar, buscar lo que tenemos que buscar e irnos como deberíamos llegar

- ¿Y tu te encargarás de dar con el sitio exacto dentro del hospital al cual tenemos que ir?

- Por supuesto.

Poco a poco, preguntando aquí y allá, llegaron hasta el hospital y se quedaron afuera, en un costado solitario por las horas. Al salir ambos del coche, Masaki sacó una ampolleta de entre sus ropas que contenía un líquido rojo y espeso, con el cual se humedeció la punta de un dedo índice para trazar unas líneas en la pared.

- ¿Qué haces?

- Estoy por prepararte algo para que vayas primero adentro, probablemente podrías encontrarte con alguien en el camino o en el destino

- ¿Y qué tengo que hacer?

- Ya, esperar.

Masaki cerró sus ojos, puso su dedo en las líneas, estuvo en esa posición un momento y finalmente puso el dedo en la ampolleta y lo sacó.

- Hazte unas rayas junto a los ojos con esto

- Listo

- Bien, me toca a mí lo que sigue.

Tapó las líneas con la palma de la mano, y todas las luces adentro del hospital se apagaron.

- Con esto, ni el sistema principal de electricidad, ni el de emergencia, ni las comunicaciones, ni el sistema de seguridad si lo hay, podrán encenderse

- Por algo eres uno de los demonios magos más poderosos que tenemos, todo un diablo bajo un hábito

- Y yo espero que hayas aprendido cosas buenas en ese estudio que te tomaste con uno de nuestros mejores asesinos, de esos que están en poder cerca de su comandante

- Ya lo verás cuando nos veamos de nuevo

- Esas rayas en tus ojos te permitirán ver en la oscuridad el camino a la habitación a la cual vas

- Nos veremos.

Takeo pasó adentro por la puerta más cercana y fue andando poco a poco hasta llegar a una habitación con muchas portezuelas cuadradas en las paredes y una mesa metálica con bordes levantados y un lavamanos en un extremo, al centro. Al pasar, sintió que no se encontraba solo allí y fue iluminado por la luz de un teléfono móvil.

- ¿Por qué se encuentra aquí, joven? esta área está restringida, sólo para personal del hospital y de los cuerpos de policía

- Disculpe, doctor, es la primera vez que vengo a este hospital a ver si llegaba a encontrar un traumatólogo, que me duele mucho el brazo y me perdí antes que se cayera la electricidad, ¿va saliendo?

- Si, ya que no puedo trabajar, pues me voy a casa

- Espéreme.

Takeo se quitó las vendas del brazo supuestamente malo y quedó a la vista una gruesa bracera de cuero negro, de la cual salieron con un ruido de navaja, cuatro hojas metálicas, largas, estrechas, puntiagudas y de un solo filo, que apuntaron al forense.

- Quiero que ponga a Dayu Sakubara en la mesa, sé que lo trajeron aquí después que fue tiroteado.

Lentamente, el médico se acercó al cubículo donde se encontraba el mencionado y cumplió con la exigencia de Takeo.

- Ya, aquí está

- Ahora, deme el móvil y párese al lado de la mesa, de frente a ella y con las manos agarrándose la una a la otra por la espalda.

Una vez que el doctor estaba bajo control, Takeo guardó las hojas, se puso del otro lado de la mesa, y en un solo instante, hincó una sola de las hojas debajo del pectoral izquierdo del galeno, la retiró y lo dejó caer al suelo, a la vez que Masaki entraba.

- Ya está todo listo, Onimadoushi

- Estando todo en orden, Kuroi Hyou, pon el cuerpo en otra parte que vamos a preparar la salida.

Takeo volvió a Dayu a donde estaba antes, pero sin encerrarlo, puso al médico en la mesa, Masaki vació la ampolleta en la herida y bajo sus instrucciones, Takeo fue desprendiendo la musculatura del esqueleto, de los hombros para abajo. Al terminar lo más rápidamente posible su compañero, Masaki tomó con sus manos el corazón del que estaba en la mesa, previamente separado del sistema circulatorio, lo puso al centro y varios símbolos aparecieron en torno a la mesa.

- Muévete y trae al otro, que nuestra salida está lista y está por deshacerse el sello que hice para que entráramos.

Sin miramientos por la prisa, Takeo puso a Dayu en uno de sus hombros, se acercó a Masaki, y este hizo que se activaran los símbolos, provocando un estallido que los hizo desaparecer a ellos y al sello que estaba afuera.

Trabajo – Mefistófeles

Se quito el cigarro lentamente de la boca dejando que el humo se arremolinara enfrente de él. Con la calma agitó un vaso de whiskey haciendo que su contenido cambiara de forma. Le encantaban esas cosas tan volubles que cambiaban constantemente. El humo del cigarro, el whiskey en el vaso, la vida misma. Podía quedarse horas viendo como se movía el humo, bailando frente a sus ojos con sus extrañas y erráticas formas, o podía estar como un niño pequeño jugando con las cálidamente gélidas gotas de la lluvia recién caída para ver como se deformaba y movían. Sin embargo ahora el fon de ese líquido era totalmente diferente. Con parsimonia dejo que el borde del vaso substituyera al cigarro en el espacio entre sus labios. A pesar de lo lento del ritual el sabor de ambos placeres se mezclaron en su boca con una sutil fuerza. Disfrutando el contraste que le provocaba se reclino sobre el cómodo sillón. Pero el tiempo se le acababa, tenía que salir. Sin apresurarse en lo más mínimo apagó el cigarro sobre la mesa y se terminó su bebida. Finalmente agarró su abrigo y salió por la puerta de la sala.

Tenía una importante cita a la que no podía faltar. La verdad es que tenía bastantes, como todos los días. Odiaba tener que trabajar tanto, pero odiaba más quedarse sentado todo el tiempo, así que trabajaba. No tenía un solo día de descanso. De lunes a domingo, incluidos días festivos, agarraba el viejo abrigo negro y salía. No tenía vida personal, no la quería. Sacó una pequeña agenda y confirmó su primer compromiso del día. Sin cambiar de expresión regresó el librito a su bolsillo y siguió caminando, su primer compromiso no estaba demasiado lejos.

Llegó justo a tiempo al parque. El hombre con quien tenía que reunirse estaba ahí sentado en una banca enfrente de los juegos infantiles. Parecía un hombre normal, aunque su buen traje y caro reloj indicaban que tenía éxito en su profesión, probablemente un ejecutivo. Estaba comiendo un bocadillo como desayuno con la mirada ausente y desentendida de todos sus alrededores. Listo para cumplir con su deber el hombre del abrigo se sentó junto al exitoso ejecutivo sin que este se diera cuenta al principio, tan absorto estaba en sus pensamientos. Finalmente percibió la nueva presencia y la reconoció con un leve movimiento de cabeza.

-Buenos días.- Dijo sin entonación alguna el recién llegado.

-Bueno días.- Fu la silenciosa respuesta.

-Hermosas ¿no?

-¿De qué habla?- Se notaba un pequeño temblor en la voz del ejecutivo. Tenía miedo que su mente hubiera sido leída.

-De las niñas por supuesto.-Dijo con la mayor naturalidad el hombre del abrigo.

-Su…supongo.- Cada momento estaba más nervioso.

-Vamos no me diga qué no lo ve. Esas inocentes caras, sus dulces risas…- Se detuvo un momento para ver si quien estaba sentado a su lado reaccionaba. Al notar su empecinado silencio decidió seguir por su cuenta.- Su pureza. La verdad no entiendo como alguien no puede adorarlas.

-Es verdad son algo especial.- El exitoso hombre parecía que había dejado de lado su miedo al ver lo que insinuaba su compañero.- No hay nada como las niñas en este mundo.- Una sonrisa capaz de fascinar y helar a la gente rompió el impávido rostro del hombre del abrigo.

-Muy cierta su afirmación amigo. ¿Viene aquí todos los días?- Pregunto aunque ya sabía la respuesta.

-Sí. Me relaja ver a las niñas jugar.

-Qué encantador pasatiempo. Pero tendría que tener cuidado.

-¿Por qué lo dice?

-la gente podría malinterpretarlo. Ya sabe un hombre mayor, solo, en un parque viendo a niños jugar, la gente podría pensar que quiere hacerles daño a los niños.

-¡Nunca haría eso!- La expresión de indignación que había aparecido era indescriptible.

-Yo lo sé muy bien. Pero digo por el resto de la gente.

-Supongo que tiene razón. Se puede ver muy mal que un hombre sólo este aquí. ¿Pero que podría hacer? Es una necesidad verlas jugando y riendo. Si un día no puedo venir me siento mal, ansioso.

-Puede hacerlo de forma que no se note tanto. Venga de paseo, o con un amigo. La idea de la comida es buena pero no debe hacerlo siempre, tiene que parecer una causalidad. Cambie de lugares.

-¿Cambiar de lugar?

-Sí. La gente no lo notará tanto. ¿Algún problema?

-N…no.- Volvía a tartamudear.

-Entiendo. En este parque hay una niña especial.- Intentaba sonar amable, amigable, a pesar de no sentir nada.- ¿Me equivoco?

-No, no se equivoca.

-Bueno de todos modos siga mis otros consejos.- Un silencio llegó como si hubiera sido invocado. El hombre del abrigo dejo que estuviera el tiempo suficiente como para que sus palabras parecieran tener sentido. Finalmente volvió a hablar.- ¿Está enamorado?

-¿Qué?- La pregunta había tomado al ejecutivo por sorpresa. Pero recupero la compostura, y sabiendo que podía confiar en quien tenía al lado habló. Sí, lo estoy.

-Eso es muy bueno. ¿Ella lo sabe? ¿Le ha demostrado su amor?

-No creo que ella me corresponda.

-Usted tiene que hacer lo que es natural en estas circunstancias. Estar con ella. En todos los sentidos.

-Pero ¿y si ella no quiere?

-No se preocupe. Le digo por experiencia que ella lo quiere. Todas lo quieren, aunque no lo digan, aunque lloren después que pase, aunque se resistan, aunque griten, aunque digan que no. Siempre lo quieren tanto como uno.

-¿Está seguro?

-Por supuesto. Se lo digo por experiencia.

-Pero ya no sería pura después.

-No sería tan pura, es cierto. Pero a cambio sería suya. Créame, vale la pena. Y si ya no es lo suficientemente pura, siempre puede buscar a una que lo sea.

-Tiene razón. Siempre hay más.

-Así se habla, amigo mío.- El hombre del abrigo se levantó, dispuesto a irse.- Espero que sea feliz de ahora en adelante.

-No se preocupe. Lo seré.- Fue la respuesta del ejecutivo, que parecía que la pequeña charla le había abierto nuevas y desconocidas puertas.

El hombre del abrigo se despidió y se fue. A pesar de haber hecho un buen trabajo no se sentía satisfecho. Nunca lo hacía. Pero de todos modos hacía su trabajo eficientemente. Después de salir del parque volvió a sacar su agenda. Buscó un nombre conveniente. Encontró alguien no muy lejos. Un traficante corroído por la envidia de que unos de sus hermanos que estaba en el mismo negocio. Sería un trabajo simple. Cerró la libreta y la guardó y emprendió el camino hacia su siguiente reunión.

Regresó a casa mucho después que había caído la noche. Un día fructífero ese, en el que había ganado muchas almas para su jefe. Los humanos siempre habían sido fáciles de tentar, y eso no había cambiado en todos los siglos que llevaba trabajando en eso. No necesitaba dormir pero había decidido que tenía suficiente con ese día. No era como cuando era joven que trabajaba todo el tiempo. Ahora había decidido regresar para paladear lo poco parecido al placer que tenía. Sin encender la luz colgó su abrigo negro. Siguió moviéndose en completa oscuridad para servirse un buen vaso de whiskey con hielos y agarrar la cajetilla de cigarros. Se acomodó sobre el sillón, encendió el cigarro. Y así se quedaría toda la noche, sentado, sólo moviéndose para buscar más cigarros o bebida, iluminado únicamente por la ardiente ascua del final del cigarro, hasta el amanecer.

Insanity is Contagious – Baal

Félix apagó el despertador, se levantó de la cama y entró en el baño. Aún adormilado, metió la cabeza debajo del grifo y lo encendió. El agua casi helada lo despertó de imediato. Consiguió alcazar la toalla y se secó la cara mientras se enderezaba. Se estaba mirando en el espejo para comprobar el estado de su rostro, cuando lo vió. Allí, detrás de él, había alguien que no debería estar… Un hombre joven, aunque de cabello blanco, que vestía un traje aparentemente caro. No podía distinguir claramente el color de sus ojos, aunque parecían ser granates. Jugueteaba distraídamente con los puños de su camisa mientras observaba con atención el reflejo de Félix en el espejo. Sobresaltado, Félix se giró y se encaró con él.
-Oiga, ¿puedo saber qué hace usted en mi casa? Si no tiene ningún asunto que atender aquí, le rogaría que se marchara -pese a sus palabras relativamente amables para las circunstancias, hizo crujir sus nudillos ostensiblemente.
El desconocido se limitó a sonreír. Parecía estar poniendo a prueba la paciencia de Félix. Cuando éste estaba a punto de comenzar una pelea, comenzó a hablar con parsimonia.
-Bueno, si estoy aquí es porque tengo algún asunto que atender, ¿no te parece?
-Si es así, ¿no podía llamar por teléfono a mi oficina? No atiendo a los clientes en mi casa. Es más, ¿cómo ha entrado aquí? -las preguntas se amontonaban en su cabeza, pero decidió ir con cuidado. No sabía por qué, pero aquel hombre no le inspiraba ninguna confianza.
-No es ese tipo de asunto. Y no soy yo quien ha decidido venir…
Félix no sabía qué pensar. Quizá aquello era algún tipo de alucinación. Hizo un movimiento rápido y cogió al extraño por el cuello de la camisa.
-Haga el favor de irse -dijo en tono amenazador.
-Muy bien -replicó el extraño con una sonrisa, y desapareció sin más.
El puño de Félix se cerró en el aire. Se había quedado petrificado, sin poder creer lo que acababa de pasar. Al cabo de unos minutos recobró la conciencia de sí mismo y se apresuró en darse una ducha, vestirse, coger su maletín y las llaves y salir de allí. Mientras hacía esto, trataba de convencerse a sí mismo de que aquello no había ocurrido en realidad, que simplemente había sido un desvarío de su mente somñolienta. Pero había sido tan real…
Cuando arrancó el coche ya estaba casi seguro de que aquel día no había tenido nada de especial. Ajustó el retrovisor y… allí estaba otra vez.
-¡Hola! -saludó el extraño, que jugueteaba esta vez con el nudo de su corbata.
-He debido de volverme loco -murmuró Félix, sin poder desviar los ojos del retovisor.
-Ah, pues ten cuidado con eso, entonces. Dicen por ahí que la locura es contagiosa, no te acerques demasiado a nadie.
-¿Eres una ilusión, verdad? -Félix cada vez se desesperaba más.
-¡Ah, progresamos! Por fin me tuteas. Pues si soy sólo una ilusión, no sé por qué me hablas. En serio, deberías hacértelo mirar… Me preocupas… -dejó las manos quietas durante un momento, como si estuviera hablando en serio.
-¿Quién eres? -prguntó Félix, con los nervios ya a flor de piel.
-Puedes llamarme como quieras, me da igual. Si a lo que te referías es a lo que se supone que he venido a hacer aquí, sólo te diré que he venido a causa de algo que tenías pensado hacer, ni más ni menos -se había animado de nuevo y volvía a toquetear su corbata roja, a juego con el color de sus ojos.
-Entonces está claro, no eres más que una imaginación -sacó el coche del garaje, sin saber ya qué pensar al respecto.
Condujo a toda velocidad hasta el bloque de oficinas en el que trabajaba, lanzando cada pocos segundos miradas fugaces al retrovisor. Todas y cada una de las veces, se encontró allí con la mirada del joven de pelo blanco.
Una vez hubo aparcado, bajó del coche todo lo rápido que pudo y casi corrió para llegar al edificio en el que trabajaba. La recepcionista le saludó al entrar.
-Buenos días, señor Santos. Hoy llega un poco más tarde de lo habitual -lucía una sonrisa radiante.
-Buenos días, guapa. Ya ves, se me han pegado las sábanas.
Llegó al fin a su despacho y se sentó en la silla mientras sacaba unos papeles del maletín. No había pasado ni un minuto cuando su supervisor se asomó por la puerta.
-¿Qué, preparado para rendir hoy al máximo?
-Sí, señor Marín, por supuesto -forzó una sonrisa mientras sentía un pinchazo en el costado.
-Muy bien, muy bien. Tienes tiempo para preparar tus cosas, tenemos reunión a las once.
-Sí, lo sé. Gracias, hasta luego.
El supervisor se fue cerrando la puerta tras de sí y Félix se desplomó sobre el respaldo de la silla, suspirando.
-¿Así que aquí es donde trabajas? -preguntó el extraño, aunque no miraba a su alrededor, sino que le miraba a él directamente.
-¿Todavía estás ahí? -gimió Félix, llevándose las manos a la cara.
-Estaré aquí mientras sigas queriendo que esté aquí -parecía encantarle aquella situación.
-Bueno, ahora lo que quiero es trabajar -intentó ordenar los papeles que tenía en la mesa, aunque las manos le temblaban un poco.
-Pues no te cortes porque yo esté aquí -esbozó una sonrisa y un escalofrío recorrió la espalda de Félix.
Intentó concentrarse en lo que estaba haciendo y fue colocando papeles por la mesa, clasificándolos en pilas y de vez en cuando haciendo anotaciones o subrayando lo que debería ser importante. Sin embargo, a duras penas era consciente de lo que hacía. Miraba al otro chico continuamente por el rabillo del ojo, fijándose inconscientemente en cada uno de sus rasgos. En ese momento, aunque tenía la mirada dirigida hacia él, no parecía estar prestándole demasiada atención. Sus ojos eran granates, definitivamente, y tenía una expresión realmente peculiar: burlona, serena y atractiva a la vez. El traje negro que llevaba parecía de niño pijo, igual que la camisa y la corbata, blanca y roja respectivamente. Aparentaba unos veinticinco o veintisiete años, aunque era difícil de precisar. No era muy alto ni corpulento, pero tampoco especialmente delgado; podría decirse que tenía un cuerpo bien proporcionado, al que el traje se acomodaba perfectamente. Sus mocasines eran también negros, y no alcanzaba a ver el color de sus calcetines. Todo este color negro contrastaba radicalmente con la palidez de su piel, que sin embargo no le daba un aspecto enfermizo, más bien todo lo contrario. Pero no era nada de esto lo que más llamaba la atención de él, sino su flamante pelo blanco. Parecía totalmente natural, sin dar muestras de haber sido decolorado, pero tampoco tenía la flacidez de las canas. Y todo ello en conjunto formaba a aquel sujeto que Félix tenía delante. Se sorprendió a sí mismo pensando que sin duda a su hermana le gustaría conocer a un chico así. ¿Cómo no se me ha ocurrido antes? Quizá su hermana pudiera ayudarle con aquello, era la única persona en la que se atrevía a confiar en ese momento. Sacó su teléfono móvil del bolsillo.
-¿Te importa? Es una llamada privada.
-Pero hombre, con lo bien que estoy aquí -se había sentado en un sillón cerca de la ventana y tamborileaba con los dedos en el reposabrazos.
Félix lo había dicho por decir, porque ya sabía que aquel tipo no iba a irse tan fácilmente. Rezaba por que su hermana le pudiera ayudar mientras buscaba su número en la agenda. Marcó y esperó inquieto a que ésta descolgase.
-¡Hola! ¿No estás ahora en el trabajo? ¿Tanto te aburres que me llamas?
-Hola, Nadia. Sí, estoy en el trabajo, pero tengo un problema y he pensado que podrías ayudarme.
-Claro, dime.
-Bueno, pues verás… -era más difícil de lo que pensaba-. Verás, es que últimamente… ya te conté lo que pasó en la empresa hace un par de meses, ¿no?
-¿El tipo ese al que ascendieron? Sí, ya me dijiste que lo considerabas un inútil y un enchufado -oyó risas al otro lado de la línea-. ¿Qué pasa, han vuelto a ascenderle o algo?
-Por supuesto que es un enchufado. Les llevó un mes colocarle en el mismo puesto por el que yo tuve que luchar tres años. Pero el caso es que es un tío majo, se lleva bien con la mayoría de la gente… Sin embargo…
-¿Sí?
-Yo sigo sin poder llevarme bien con él…
-Bueno, nunca es posible llevarse bien con todo el mundo. Que a los demás les caiga bien no quiere decir…
-Ya, pero no es sólo eso… Desde hace un tiempo, tengo… unas ganas enormes de cargármelo.
-¿Qué…?
-De matarlo.
-Pe… pero bueno, hombre, ¡no seas tán trágico! A todos alguna vez, en un momento de rabia…
-No es en un momento de rabia. Me lo he planteado muchas veces, fríamente. Y creo que he llegado demasiado lejos… el mismo Diablo ha contactado conmigo -el otro joven saludó alegremente desde su acomodada posición.
-¿Qué quieres decir…? ¿Voces en tu cabeza o algo así?
-Más o menos…
-Bueno, mira, escucha. Lo que tienes que hacer es calmarte. Cierra los ojos y concéntrate. Quédate unos minutos en silencio e intenta escuchar a tu conciencia. También puedes ir a la iglesia un rato y rezar. Te vendrá bien.
-Pero… no se va a ir.
-Se irá, si te das cuenta de que lo que estás pensando no está bien. Venga, Félix tú no eres ningún asesino -volvió a oír risas, esta vez más neviosas-. Tranquilo, esa voz se irá.
-Vale, Nadia, muchas gracias.
-De nada. Intenta tranquilizarte, ¿vale? Intenta pensar en otras cosas. Adiós, besos.
-Adiós… -colgó-. Como si pudiera pensar en nada más… -miró de nuevo aquel enviado del Averno que tan plácidamente descansaba en su sillón.
-Oye, que yo todavía no he dicho nada…
-Yo no quiero matar a ese idiota, ¿me oyes?
-Si no tuvieras ninguna duda al respecto, yo no estaría aquí. Si estoy a tu lado es por algo.
-Pues pienso ignorarte hasta que te vayas.
-Bien -el intruso se arrellanó en el sillón, satisfecho.
A las diez y media, Félix se sentía ya completamente enfermo. Ahora se había obsesionado completamente con la idea de poder llegar a convertirse en un asesino, cuando nunca se había sentido capaz de ello. En vez de convencerse a sí mismo de olvidar el asunto, cada vez estaba más seguro de que podría llegar a hacerlo. La presencia de aquel ser del Inframundo le trastornaba cada vez más, hasta el punto de creer que acabaría volviéndose completamente loco. La locura es contagiosa. ¿Había llevado ese ser la locura a su vida, o estaba esa locura ya presente antes? No aguantaba más. La cabeza le daba vueltas.
-Ey, ¿te encuentras bien? Estás pálido…
-¡Calla! -gritó Félix, sin pensar.
-Tranquilo, hombre…
Se dio cuenta de que la voz venía de la puerta, a su derecha; no de la ventana, a su izquierda, delante de la cual estaba sentado el origen de sus desdichas. No, ése no era el origen de sus desdichas. En ese momento, el origen se estaba asomando por la puerta.
-Lo siento… No me encuentro muy bien… -rectificó, reprimiendo la rabia.
-¿Por qué no te vas a casa? Ya hablo yo con el jefe, ¿vale? -sin esperar respuesta, el nuevo entrometido se marchó.
-¿Así que ése es el tipo en cuestión, ¿eh? -inquirió el enviado infernal con socarronería.
-Esfúmate. Yo me voy a casa -ordenó de nuevo todos sus papeles y los guardó en el maletín.
Salió del edificio despidiéndose de sus compañeros por el camino. Nadie dudó que estaba enfermo viendo su cara pálida y su mirada perdida. Sin darse apenas cuenta, había llegado al coche, lo había puesto en marcha y se alejaba de las oficinas. Conducía de forma maquinal, sin plantearse si giraba a derecha o izquierda, si aceleraba o frenaba. Detuvo el coche al cabo de unos minutos y levantó la mirada. No había aparcado en su garaje, sino en el aparcamiento de una urbanización en la que vivía un buen amigo suyo. Un amigo que casualmente, a causa de su trabajo, solía ir acompañado siempre de un arma de fuego. La locura es contagiosa. Se bajó, sin reparar en que había alguien sentado en la parte trasera del coche. Ya no pensaba. Subir, coger la pistola, salir. En el fondo era consciente de que no era algo tan sencillo, pero le daba igual. Entró en el portal, subió cinco pisos en ascensor y, al abrirse las puertas, se encontró de frente con la entrada a la vivienda de su amigo. Llamó al timbre.
Unos segundos más tarde, una chica abrió. Félix la conocía, era la novia de su amigo y amiga suya a su vez.
-Hola, Marta… Verás, resulta que el otro día olvidé algo aquí… ¿Puedo pasar?
-Claro, estás en tu casa. ¿Necesitas que te ayude?
-No, tranquila. Gracias.
Se dirigió directamente a la habitación principal. Sabía que el arma reglamentaria de su amigo no estaría en la casa ya que éste estaba de servicio, pero sabía también que guardaba un arma de menor potencia en el armario, escondida.
-¿Te dejaste algo en la habitación? ¿Estás seguro? -el corazón de Félix estuvo a punto de pararse al oír a Marta justo a su espalda.
-Sí, fue al dejar aquí la chaqueta… Tranquila, ya me apaño…
-Bueno, si necesitas ayuda… -se fue por el pasillo. Félix esperó a oír ruidos en otra habitación antes de empezar a buscar.
Por suerte, había visto aquella pistola en más de una ocasión y no tardó más de dos minutos en encontrarla. La guardó en el bolsillo de su chaqueta y salió apresuradamente, despidiéndose fugazmente de Marta.
Cuando llegó al coche, aquel intento de persona seguía esperando.
-Parece que ya te has decidido, ¿eh?
-¡Déjame en paz! -replicó bruscamente Félix, dando un violento pisotón al acelerador.
-Te veo muy alterado… -una sonrisa malévola se dibujaba en sus labios.
-¡No me hables más!
Félix tenía una vaga idea de dónde vivía aquel compañero suyo, pero no estaba seguro del todo. Tras preguntar varias veces, dio con la calle y el portal. Volvió a bajar del coche y llamó a un timbre al azar.
-¿Sí?
-Disculpe, estoy buscando el domicilo de don Ángel Gracia, ¿podría ayudarme?
-Sí, claro, es el segundo izquierda. Pero creo que ahora está trabajando.
-No importa. ¿Sería tan amable de abrirme? Prefiero esperarle dentro.
-Bien, pero no sé a que hora volverá…
-No se preocupe, esperaré -se oyó un zumbido y la puerta se abrió-. Muchas gracias.
Subió los dos pisos y se sentó en un escalón desde el que podía ver con claridad la puerta. El supuesto demonio se sentó a su lado, sin decir nada. Pero no hacía falta que hablara para que Félix se sintiera cada vez peor. No tiene nada que ver con él. Es por lo que voy a hacer. Lo habría hecho de todos modos. Ahora, trataba de convencerse de que aquello era algo que no podría haber evitado. Que si aquella mañana no se hubiese encontrado con quien se sentaba ahora a su lado, habría acabado yendo allí igualmente. ¿Por qué intentaba convencerse de eso? No lo sabía ya. Quizá porque así se convencía de que aquello no era real. Que no estaba ocurriendo. O quizá porque así evitaba pensar en lo que iba hacer, y no se sentía tan enfermo. O porque así no se sentía tan culpable. Pero, ¿no debería sentirse más culpable si se convencía de que aquel ser no estaba allí? Porque, en ese caso, todo aquello lo había decido él. No: en realidad todo lo había decidido él, aquel ser venido del Más Allá no había dicho nada incitándole a ello. ¿O sí? La locura es contagiosa. Pero ¿había traído el otro la locura, o la locura ya estaba allí antes? ¿Estaría él contagiando la locura a aquel enviado de Satanás, y no al revés?
No sabía ya cuanto tiempo llevaba así. De repente, oyó unos pasos que subían las escaleras y se puso en guardia. Metió la mano en el bolsillo y asió la pistola. Efectivamente, el “ángel” estaba subiendo las escaleras mientras sibaba torpemente.
-¡Félix! ¿Qué haces aquí? Deberías estar en casa descansando, o haber ido al médico. Ven, pasa, cuéntame -su charla parecía interminable. Es insoportable. Pero, aún así, era una buena persona. No sentía que matándole fuera a hacer un favor a nadie. Excepto a mí mismo. ¿Realmente se hacía un favor a sí mismo? No podía soportarlo más. Entró en la casa.
-Dime, ¿que querías? -estaba de espaldas, colgando el abrigo.
-Sólo una cosa… -el demonio había entrado tras Félix, antes de que se cerrara la puerta, y se mantenía expectante. Al oír estas palabras, en su rostro se compuso una mueca siniestra.

DIARIO MATUTINO
Martes 3 de Febrero de 2009

HALLADOS LOS CADÁVERES DE DOS VECINOS DE LA LOCALIDAD
Ambos fueron hallados en la tarde de ayer, después de que la Policía recibiese numerosos avisos debido a ruidos, supuestamente disparos, de los vecinos de la Urbanización Paraíso, en el centro de nuestra ciudad. Según las hipótesis, el propietario de la vivienda, A.G.E., fue disparado supuestamente por un compañero de trabajo, F.S.C., quien al parecer portaba un arma de fuego. Según esta versión de los hechos, el presunto asesino se suicidó después de un disparo en la sien. Sin embargo, la Policía aún no sabe cómo contextualizar un tercer disparo del que no sólo han dado constancia las declaraciones de los testigos, sino también una bala incrustada en la puerta, a espaldas del presunto asesino, y un tercer casquillo hallado en el suelo. La Policía no ha querido dar más detalles del caso hasta que éste esté resuelto, aunque aseguran estar prácticamente convencidos de que fue así como se desarrollaron los hechos. Les aseguramos mantenerles informados de cualquier novedad al respecto.

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