Félix apagó el despertador, se levantó de la cama y entró en el baño. Aún adormilado, metió la cabeza debajo del grifo y lo encendió. El agua casi helada lo despertó de imediato. Consiguió alcazar la toalla y se secó la cara mientras se enderezaba. Se estaba mirando en el espejo para comprobar el estado de su rostro, cuando lo vió. Allí, detrás de él, había alguien que no debería estar… Un hombre joven, aunque de cabello blanco, que vestía un traje aparentemente caro. No podía distinguir claramente el color de sus ojos, aunque parecían ser granates. Jugueteaba distraídamente con los puños de su camisa mientras observaba con atención el reflejo de Félix en el espejo. Sobresaltado, Félix se giró y se encaró con él.
-Oiga, ¿puedo saber qué hace usted en mi casa? Si no tiene ningún asunto que atender aquí, le rogaría que se marchara -pese a sus palabras relativamente amables para las circunstancias, hizo crujir sus nudillos ostensiblemente.
El desconocido se limitó a sonreír. Parecía estar poniendo a prueba la paciencia de Félix. Cuando éste estaba a punto de comenzar una pelea, comenzó a hablar con parsimonia.
-Bueno, si estoy aquí es porque tengo algún asunto que atender, ¿no te parece?
-Si es así, ¿no podía llamar por teléfono a mi oficina? No atiendo a los clientes en mi casa. Es más, ¿cómo ha entrado aquí? -las preguntas se amontonaban en su cabeza, pero decidió ir con cuidado. No sabía por qué, pero aquel hombre no le inspiraba ninguna confianza.
-No es ese tipo de asunto. Y no soy yo quien ha decidido venir…
Félix no sabía qué pensar. Quizá aquello era algún tipo de alucinación. Hizo un movimiento rápido y cogió al extraño por el cuello de la camisa.
-Haga el favor de irse -dijo en tono amenazador.
-Muy bien -replicó el extraño con una sonrisa, y desapareció sin más.
El puño de Félix se cerró en el aire. Se había quedado petrificado, sin poder creer lo que acababa de pasar. Al cabo de unos minutos recobró la conciencia de sí mismo y se apresuró en darse una ducha, vestirse, coger su maletín y las llaves y salir de allí. Mientras hacía esto, trataba de convencerse a sí mismo de que aquello no había ocurrido en realidad, que simplemente había sido un desvarío de su mente somñolienta. Pero había sido tan real…
Cuando arrancó el coche ya estaba casi seguro de que aquel día no había tenido nada de especial. Ajustó el retrovisor y… allí estaba otra vez.
-¡Hola! -saludó el extraño, que jugueteaba esta vez con el nudo de su corbata.
-He debido de volverme loco -murmuró Félix, sin poder desviar los ojos del retovisor.
-Ah, pues ten cuidado con eso, entonces. Dicen por ahí que la locura es contagiosa, no te acerques demasiado a nadie.
-¿Eres una ilusión, verdad? -Félix cada vez se desesperaba más.
-¡Ah, progresamos! Por fin me tuteas. Pues si soy sólo una ilusión, no sé por qué me hablas. En serio, deberías hacértelo mirar… Me preocupas… -dejó las manos quietas durante un momento, como si estuviera hablando en serio.
-¿Quién eres? -prguntó Félix, con los nervios ya a flor de piel.
-Puedes llamarme como quieras, me da igual. Si a lo que te referías es a lo que se supone que he venido a hacer aquí, sólo te diré que he venido a causa de algo que tenías pensado hacer, ni más ni menos -se había animado de nuevo y volvía a toquetear su corbata roja, a juego con el color de sus ojos.
-Entonces está claro, no eres más que una imaginación -sacó el coche del garaje, sin saber ya qué pensar al respecto.
Condujo a toda velocidad hasta el bloque de oficinas en el que trabajaba, lanzando cada pocos segundos miradas fugaces al retrovisor. Todas y cada una de las veces, se encontró allí con la mirada del joven de pelo blanco.
Una vez hubo aparcado, bajó del coche todo lo rápido que pudo y casi corrió para llegar al edificio en el que trabajaba. La recepcionista le saludó al entrar.
-Buenos días, señor Santos. Hoy llega un poco más tarde de lo habitual -lucía una sonrisa radiante.
-Buenos días, guapa. Ya ves, se me han pegado las sábanas.
Llegó al fin a su despacho y se sentó en la silla mientras sacaba unos papeles del maletín. No había pasado ni un minuto cuando su supervisor se asomó por la puerta.
-¿Qué, preparado para rendir hoy al máximo?
-Sí, señor Marín, por supuesto -forzó una sonrisa mientras sentía un pinchazo en el costado.
-Muy bien, muy bien. Tienes tiempo para preparar tus cosas, tenemos reunión a las once.
-Sí, lo sé. Gracias, hasta luego.
El supervisor se fue cerrando la puerta tras de sí y Félix se desplomó sobre el respaldo de la silla, suspirando.
-¿Así que aquí es donde trabajas? -preguntó el extraño, aunque no miraba a su alrededor, sino que le miraba a él directamente.
-¿Todavía estás ahí? -gimió Félix, llevándose las manos a la cara.
-Estaré aquí mientras sigas queriendo que esté aquí -parecía encantarle aquella situación.
-Bueno, ahora lo que quiero es trabajar -intentó ordenar los papeles que tenía en la mesa, aunque las manos le temblaban un poco.
-Pues no te cortes porque yo esté aquí -esbozó una sonrisa y un escalofrío recorrió la espalda de Félix.
Intentó concentrarse en lo que estaba haciendo y fue colocando papeles por la mesa, clasificándolos en pilas y de vez en cuando haciendo anotaciones o subrayando lo que debería ser importante. Sin embargo, a duras penas era consciente de lo que hacía. Miraba al otro chico continuamente por el rabillo del ojo, fijándose inconscientemente en cada uno de sus rasgos. En ese momento, aunque tenía la mirada dirigida hacia él, no parecía estar prestándole demasiada atención. Sus ojos eran granates, definitivamente, y tenía una expresión realmente peculiar: burlona, serena y atractiva a la vez. El traje negro que llevaba parecía de niño pijo, igual que la camisa y la corbata, blanca y roja respectivamente. Aparentaba unos veinticinco o veintisiete años, aunque era difícil de precisar. No era muy alto ni corpulento, pero tampoco especialmente delgado; podría decirse que tenía un cuerpo bien proporcionado, al que el traje se acomodaba perfectamente. Sus mocasines eran también negros, y no alcanzaba a ver el color de sus calcetines. Todo este color negro contrastaba radicalmente con la palidez de su piel, que sin embargo no le daba un aspecto enfermizo, más bien todo lo contrario. Pero no era nada de esto lo que más llamaba la atención de él, sino su flamante pelo blanco. Parecía totalmente natural, sin dar muestras de haber sido decolorado, pero tampoco tenía la flacidez de las canas. Y todo ello en conjunto formaba a aquel sujeto que Félix tenía delante. Se sorprendió a sí mismo pensando que sin duda a su hermana le gustaría conocer a un chico así. ¿Cómo no se me ha ocurrido antes? Quizá su hermana pudiera ayudarle con aquello, era la única persona en la que se atrevía a confiar en ese momento. Sacó su teléfono móvil del bolsillo.
-¿Te importa? Es una llamada privada.
-Pero hombre, con lo bien que estoy aquí -se había sentado en un sillón cerca de la ventana y tamborileaba con los dedos en el reposabrazos.
Félix lo había dicho por decir, porque ya sabía que aquel tipo no iba a irse tan fácilmente. Rezaba por que su hermana le pudiera ayudar mientras buscaba su número en la agenda. Marcó y esperó inquieto a que ésta descolgase.
-¡Hola! ¿No estás ahora en el trabajo? ¿Tanto te aburres que me llamas?
-Hola, Nadia. Sí, estoy en el trabajo, pero tengo un problema y he pensado que podrías ayudarme.
-Claro, dime.
-Bueno, pues verás… -era más difícil de lo que pensaba-. Verás, es que últimamente… ya te conté lo que pasó en la empresa hace un par de meses, ¿no?
-¿El tipo ese al que ascendieron? Sí, ya me dijiste que lo considerabas un inútil y un enchufado -oyó risas al otro lado de la línea-. ¿Qué pasa, han vuelto a ascenderle o algo?
-Por supuesto que es un enchufado. Les llevó un mes colocarle en el mismo puesto por el que yo tuve que luchar tres años. Pero el caso es que es un tío majo, se lleva bien con la mayoría de la gente… Sin embargo…
-¿Sí?
-Yo sigo sin poder llevarme bien con él…
-Bueno, nunca es posible llevarse bien con todo el mundo. Que a los demás les caiga bien no quiere decir…
-Ya, pero no es sólo eso… Desde hace un tiempo, tengo… unas ganas enormes de cargármelo.
-¿Qué…?
-De matarlo.
-Pe… pero bueno, hombre, ¡no seas tán trágico! A todos alguna vez, en un momento de rabia…
-No es en un momento de rabia. Me lo he planteado muchas veces, fríamente. Y creo que he llegado demasiado lejos… el mismo Diablo ha contactado conmigo -el otro joven saludó alegremente desde su acomodada posición.
-¿Qué quieres decir…? ¿Voces en tu cabeza o algo así?
-Más o menos…
-Bueno, mira, escucha. Lo que tienes que hacer es calmarte. Cierra los ojos y concéntrate. Quédate unos minutos en silencio e intenta escuchar a tu conciencia. También puedes ir a la iglesia un rato y rezar. Te vendrá bien.
-Pero… no se va a ir.
-Se irá, si te das cuenta de que lo que estás pensando no está bien. Venga, Félix tú no eres ningún asesino -volvió a oír risas, esta vez más neviosas-. Tranquilo, esa voz se irá.
-Vale, Nadia, muchas gracias.
-De nada. Intenta tranquilizarte, ¿vale? Intenta pensar en otras cosas. Adiós, besos.
-Adiós… -colgó-. Como si pudiera pensar en nada más… -miró de nuevo aquel enviado del Averno que tan plácidamente descansaba en su sillón.
-Oye, que yo todavía no he dicho nada…
-Yo no quiero matar a ese idiota, ¿me oyes?
-Si no tuvieras ninguna duda al respecto, yo no estaría aquí. Si estoy a tu lado es por algo.
-Pues pienso ignorarte hasta que te vayas.
-Bien -el intruso se arrellanó en el sillón, satisfecho.
A las diez y media, Félix se sentía ya completamente enfermo. Ahora se había obsesionado completamente con la idea de poder llegar a convertirse en un asesino, cuando nunca se había sentido capaz de ello. En vez de convencerse a sí mismo de olvidar el asunto, cada vez estaba más seguro de que podría llegar a hacerlo. La presencia de aquel ser del Inframundo le trastornaba cada vez más, hasta el punto de creer que acabaría volviéndose completamente loco. La locura es contagiosa. ¿Había llevado ese ser la locura a su vida, o estaba esa locura ya presente antes? No aguantaba más. La cabeza le daba vueltas.
-Ey, ¿te encuentras bien? Estás pálido…
-¡Calla! -gritó Félix, sin pensar.
-Tranquilo, hombre…
Se dio cuenta de que la voz venía de la puerta, a su derecha; no de la ventana, a su izquierda, delante de la cual estaba sentado el origen de sus desdichas. No, ése no era el origen de sus desdichas. En ese momento, el origen se estaba asomando por la puerta.
-Lo siento… No me encuentro muy bien… -rectificó, reprimiendo la rabia.
-¿Por qué no te vas a casa? Ya hablo yo con el jefe, ¿vale? -sin esperar respuesta, el nuevo entrometido se marchó.
-¿Así que ése es el tipo en cuestión, ¿eh? -inquirió el enviado infernal con socarronería.
-Esfúmate. Yo me voy a casa -ordenó de nuevo todos sus papeles y los guardó en el maletín.
Salió del edificio despidiéndose de sus compañeros por el camino. Nadie dudó que estaba enfermo viendo su cara pálida y su mirada perdida. Sin darse apenas cuenta, había llegado al coche, lo había puesto en marcha y se alejaba de las oficinas. Conducía de forma maquinal, sin plantearse si giraba a derecha o izquierda, si aceleraba o frenaba. Detuvo el coche al cabo de unos minutos y levantó la mirada. No había aparcado en su garaje, sino en el aparcamiento de una urbanización en la que vivía un buen amigo suyo. Un amigo que casualmente, a causa de su trabajo, solía ir acompañado siempre de un arma de fuego. La locura es contagiosa. Se bajó, sin reparar en que había alguien sentado en la parte trasera del coche. Ya no pensaba. Subir, coger la pistola, salir. En el fondo era consciente de que no era algo tan sencillo, pero le daba igual. Entró en el portal, subió cinco pisos en ascensor y, al abrirse las puertas, se encontró de frente con la entrada a la vivienda de su amigo. Llamó al timbre.
Unos segundos más tarde, una chica abrió. Félix la conocía, era la novia de su amigo y amiga suya a su vez.
-Hola, Marta… Verás, resulta que el otro día olvidé algo aquí… ¿Puedo pasar?
-Claro, estás en tu casa. ¿Necesitas que te ayude?
-No, tranquila. Gracias.
Se dirigió directamente a la habitación principal. Sabía que el arma reglamentaria de su amigo no estaría en la casa ya que éste estaba de servicio, pero sabía también que guardaba un arma de menor potencia en el armario, escondida.
-¿Te dejaste algo en la habitación? ¿Estás seguro? -el corazón de Félix estuvo a punto de pararse al oír a Marta justo a su espalda.
-Sí, fue al dejar aquí la chaqueta… Tranquila, ya me apaño…
-Bueno, si necesitas ayuda… -se fue por el pasillo. Félix esperó a oír ruidos en otra habitación antes de empezar a buscar.
Por suerte, había visto aquella pistola en más de una ocasión y no tardó más de dos minutos en encontrarla. La guardó en el bolsillo de su chaqueta y salió apresuradamente, despidiéndose fugazmente de Marta.
Cuando llegó al coche, aquel intento de persona seguía esperando.
-Parece que ya te has decidido, ¿eh?
-¡Déjame en paz! -replicó bruscamente Félix, dando un violento pisotón al acelerador.
-Te veo muy alterado… -una sonrisa malévola se dibujaba en sus labios.
-¡No me hables más!
Félix tenía una vaga idea de dónde vivía aquel compañero suyo, pero no estaba seguro del todo. Tras preguntar varias veces, dio con la calle y el portal. Volvió a bajar del coche y llamó a un timbre al azar.
-¿Sí?
-Disculpe, estoy buscando el domicilo de don Ángel Gracia, ¿podría ayudarme?
-Sí, claro, es el segundo izquierda. Pero creo que ahora está trabajando.
-No importa. ¿Sería tan amable de abrirme? Prefiero esperarle dentro.
-Bien, pero no sé a que hora volverá…
-No se preocupe, esperaré -se oyó un zumbido y la puerta se abrió-. Muchas gracias.
Subió los dos pisos y se sentó en un escalón desde el que podía ver con claridad la puerta. El supuesto demonio se sentó a su lado, sin decir nada. Pero no hacía falta que hablara para que Félix se sintiera cada vez peor. No tiene nada que ver con él. Es por lo que voy a hacer. Lo habría hecho de todos modos. Ahora, trataba de convencerse de que aquello era algo que no podría haber evitado. Que si aquella mañana no se hubiese encontrado con quien se sentaba ahora a su lado, habría acabado yendo allí igualmente. ¿Por qué intentaba convencerse de eso? No lo sabía ya. Quizá porque así se convencía de que aquello no era real. Que no estaba ocurriendo. O quizá porque así evitaba pensar en lo que iba hacer, y no se sentía tan enfermo. O porque así no se sentía tan culpable. Pero, ¿no debería sentirse más culpable si se convencía de que aquel ser no estaba allí? Porque, en ese caso, todo aquello lo había decido él. No: en realidad todo lo había decidido él, aquel ser venido del Más Allá no había dicho nada incitándole a ello. ¿O sí? La locura es contagiosa. Pero ¿había traído el otro la locura, o la locura ya estaba allí antes? ¿Estaría él contagiando la locura a aquel enviado de Satanás, y no al revés?
No sabía ya cuanto tiempo llevaba así. De repente, oyó unos pasos que subían las escaleras y se puso en guardia. Metió la mano en el bolsillo y asió la pistola. Efectivamente, el “ángel” estaba subiendo las escaleras mientras sibaba torpemente.
-¡Félix! ¿Qué haces aquí? Deberías estar en casa descansando, o haber ido al médico. Ven, pasa, cuéntame -su charla parecía interminable. Es insoportable. Pero, aún así, era una buena persona. No sentía que matándole fuera a hacer un favor a nadie. Excepto a mí mismo. ¿Realmente se hacía un favor a sí mismo? No podía soportarlo más. Entró en la casa.
-Dime, ¿que querías? -estaba de espaldas, colgando el abrigo.
-Sólo una cosa… -el demonio había entrado tras Félix, antes de que se cerrara la puerta, y se mantenía expectante. Al oír estas palabras, en su rostro se compuso una mueca siniestra.
DIARIO MATUTINO
Martes 3 de Febrero de 2009
HALLADOS LOS CADÁVERES DE DOS VECINOS DE LA LOCALIDAD
Ambos fueron hallados en la tarde de ayer, después de que la Policía recibiese numerosos avisos debido a ruidos, supuestamente disparos, de los vecinos de la Urbanización Paraíso, en el centro de nuestra ciudad. Según las hipótesis, el propietario de la vivienda, A.G.E., fue disparado supuestamente por un compañero de trabajo, F.S.C., quien al parecer portaba un arma de fuego. Según esta versión de los hechos, el presunto asesino se suicidó después de un disparo en la sien. Sin embargo, la Policía aún no sabe cómo contextualizar un tercer disparo del que no sólo han dado constancia las declaraciones de los testigos, sino también una bala incrustada en la puerta, a espaldas del presunto asesino, y un tercer casquillo hallado en el suelo. La Policía no ha querido dar más detalles del caso hasta que éste esté resuelto, aunque aseguran estar prácticamente convencidos de que fue así como se desarrollaron los hechos. Les aseguramos mantenerles informados de cualquier novedad al respecto.